El poder termina, el liderazgo permanece

EL OBSERVADOR GLOBAL

El poder termina, el liderazgo permanece.

Por: Richard Guevara Cárdenas.

Hace poco, conversando con una joven líder que ocupa una responsabilidad de gobierno, me atreví a hacerle una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué sigue después de que termine tu paso por la posición que hoy ocupas? Se quedó pensando unos segundos y finalmente respondió: “Aún no lo tengo claro. ¿Ir a otro espacio, no?”.

Su respuesta me dejó pensando. No porque estuviera equivocada, sino porque probablemente expresó con absoluta naturalidad una idea profundamente instalada en la política: después de un cargo viene otro cargo; después de una responsabilidad, otra posición; después de un escalón, el siguiente. Pero quizá estamos haciendo la pregunta equivocada. ¿Qué pasa si después del poder no viene otro cargo? ¿Qué queda entonces?

Como consultor político y asesor de figuras que ejercen responsabilidades de gobierno, he podido observar una realidad de la que poco se habla: hay quienes saben llegar al poder, pero nunca aprendieron a dejarlo. He visto políticos que, al concluir sus responsabilidades, enfrentan con enorme dificultad el regreso a una vida sin poder. De pronto desaparecen las llamadas, disminuyen las invitaciones, algunos dejan de saludarlos y quienes ayer celebraban cada una de sus palabras encuentran rápidamente a alguien nuevo a quien elogiar. Se acaba la oficina, se acaba el séquito, se acaba la lisonja y, muchas veces, llega el olvido.

Para algunos el golpe es profundo. No solamente pierden una posición: pierden una dinámica cotidiana que durante años alimentó su identidad y su percepción de importancia. Pasan de ser consultados para todo a descubrir que el teléfono suena mucho menos. Entonces aparece una verdad incómoda: una parte de aquello que interpretaban como afecto, reconocimiento o liderazgo pertenecía en realidad al cargo que ocupaban.

El poder tiene esa capacidad de distorsionar la percepción. Mientras alguien decide presupuestos, nombramientos, candidaturas, contratos o espacios políticos, siempre habrá personas interesadas en acercarse. El problema comienza cuando esa cercanía se confunde con liderazgo. El poder presta atención; el liderazgo construye reconocimiento. No son lo mismo.

En política también hemos aprendido a medir las trayectorias verticalmente: regidor, diputado, alcalde, senador, gobernador. Pareciera que crecer significa necesariamente ocupar una posición superior. Por eso, cuando preguntamos qué sigue, casi siempre pensamos en otro cargo. Sin embargo, existe otra manera de medir una trayectoria: no por cuánto avanzó el político, sino por cuántas personas avanzaron gracias a su liderazgo.

Un cargo tiene fecha de inicio y fecha de conclusión. El liderazgo puede trascender ambas. Cuando termina una responsabilidad pública aparecen preguntas mucho más importantes: ¿a quién formaste?, ¿quién creció contigo?, ¿qué nuevos liderazgos ayudaste a desarrollar?, ¿qué causa fortaleciste?, ¿qué organización puede continuar funcionando sin ti? Y quizá la pregunta más incómoda de todas: ¿quién sigue escuchándote cuando ya no tienes nada que repartir?

Ahí está la diferencia entre construir poder y construir liderazgo. Quien construye solamente poder necesita conservar una posición para mantener alrededor a los demás. Quien construye liderazgo puede abandonar el cargo y continuar siendo referente porque dejó ideas, relaciones, causas y, sobre todo, personas capaces de caminar por sí mismas. Hay incluso una paradoja que a muchos políticos les cuesta aceptar: uno de los mayores éxitos de un líder consiste precisamente en dejar de ser indispensable.

El dirigente inseguro fabrica seguidores; el verdadero líder desarrolla nuevos líderes. Y tampoco se trata de construir sucesores obedientes que repitan nuestro discurso o permanezcan eternamente agradecidos. Liderar significa ayudar a formar personas capaces de pensar, decidir, asumir responsabilidades y eventualmente llegar más lejos que nosotros. El legado de un líder no debería ser la dependencia que dejó detrás, sino la capacidad que logró multiplicar.

Quizá por eso deberíamos cambiar una de las preguntas tradicionales que hacemos a quienes ocupan responsabilidades públicas. En lugar de preguntar “¿qué cargo quieres después?”, deberíamos preguntar “¿qué quedará cuando ya no tengas el cargo?”.

Porque los nombramientos terminan, las oficinas se entregan, los teléfonos dejan de sonar, los aduladores encuentran rápidamente otra puerta donde tocar y el poder continúa su camino con alguien más. Pero las personas que ayudamos a crecer permanecen, las causas auténticas pueden permanecer y las ideas también.

Al final, esa puede ser la prueba más sencilla y más dura para distinguir poder de liderazgo: el poder consigue que muchos estén cerca mientras lo tienes; el liderazgo consigue que algo de ti permanezca cuando ya no lo tienes.

El poder termina. El liderazgo permanece.

Richard Guevara Cárdenas
Consultor y analista político
miembro de la Asociación Latinoamericana de de Consultores Políticos Alacop
richardguevarac@gmail.com

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