Por: Jorge Osnaya González.
Durante muchos años, una de las formas más comunes de describir al Partido Verde fue llamarlo partido bisagra: una fuerza menor que aprendió a sobrevivir mediante alianzas con partidos más grandes y encontró en ellas una vía para conservar representación y espacios de poder. Las definiciones rumbo a 2027 obligan, cuando menos, a revisar esa lectura.
El próximo año estarán en juego 17 gubernaturas y Morena seguirá siendo, por mucho, la fuerza dominante de la coalición que integra con el Verde y el Partido del Trabajo.
Sin embargo, entre las definiciones recientes apareció un fenómeno que merece atención: Baja California Sur, Nayarit, Quintana Roo y San Luis Potosí terminaron colocándose, mediante circunstancias distintas, dentro del espacio de influencia política del Verde. Jasmine Bugarín en Nayarit y Manuel Cota en Baja California Sur son cuadros del PVEM; Gino Segura pertenece formalmente a Morena, aunque su definición en Quintana Roo ha sido vinculada públicamente a los acuerdos con el Verde; y San Luis Potosí es un caso particular, pues el partido gobierna el estado y ha construido ahí una fuerza electoral fuerte y propia, lo que sin duda lo coloca como el favorito para ganar los comicios electorales del próximo año.
Las cuatro historias son distintas, pero vistas en conjunto muestran algo que va más allá de los nombres: el Verde llega a 2027 con un peso político diferente al que tuvo durante buena parte de su historia.
En 2024 obtuvo casi cinco millones de votos propios para diputaciones federales, equivalentes al 8.42 por ciento de la votación. Sigue lejos del tamaño electoral de Morena, pero un partido no necesita ser mayoritario en todo el país para volverse decisivo.
A veces basta con tener los votos correctos en los lugares correctos.
Ahí está una de las transformaciones más interesantes de las coaliciones.
Cuando un aliado comienza a ganar municipios, ampliar su representación legislativa, construir estructuras territoriales y competir por gobiernos estatales, su valor deja de medirse solamente por su porcentaje nacional.
Empieza a medirse también por algo mucho más importante en política: cuántas mayorías y acuerdos puede ayudar a construir.
Y ese peso no termina en las candidaturas. Gobernar también exige construir mayorías: para aprobar reformas, presupuestos y muchas de las decisiones que marcan el rumbo de una administración.
Por eso la representación legislativa también se convierte en capacidad de negociación. Un aliado puede valer por los votos que aporta durante una elección, pero también por los votos que aporta después de ella.
San Luis Potosí es probablemente el ejemplo más claro de autonomía territorial. Ahí el Verde no es simplemente un acompañante electoral: gobierna el estado, cuenta con una estructura política relevante y llega a 2027 con capacidad para competir y ganar desde una posición propia.
Las definiciones sobre las alianzas todavía tendrán que resolverse, pero el caso demuestra cuánto puede cambiar la relación entre dos aliados cuando uno construye territorio.
El contraste con el Partido del Trabajo también ayuda a entender el fenómeno.
Los tres partidos forman parte del mismo bloque, pero llegaron a las definiciones de 2027 con capacidades distintas. Mientras el PT manifestó públicamente su inconformidad con el proceso y no consiguió encabezar ninguna coordinación estatal, el Verde logró colocar perfiles propios o políticamente cercanos en varios territorios. Compartir una alianza no significa necesariamente tener el mismo poder de negociación.
Eso no significa que Morena y el Verde tengan hoy el mismo peso. No lo tienen. Morena continúa siendo la fuerza dominante y encabezará la mayoría de las candidaturas.
Pero el poder dentro de una alianza no consiste necesariamente en convertirse en el partido más grande. También puede consistir en volverse suficientemente importante para que el partido más grande tenga que sentarse a negociar contigo.
Quizá ésa sea la verdadera historia detrás de las definiciones de estos días. Durante años, la pregunta alrededor del Partido Verde fue cuánto necesitaba de sus alianzas para sobrevivir y crecer. Hoy empieza a ser pertinente formular también la pregunta inversa: cuánto necesitan sus aliados de los votos, estructuras, legisladores y territorios que el Verde ha ido acumulando.
Las elecciones de 2027 dirán hasta dónde alcanza realmente esa fuerza. Ninguna candidatura garantiza una gubernatura y ninguna negociación sustituye a los votos. Pero algo sí ha cambiado antes de llegar a las urnas: el Verde está dejando de ser es un aliado menor.
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