Soberanía tecnológica y el fin del viejo discurso de seguridad.

Por: Javier Robledo.

Durante años, el debate sobre la seguridad pública en México estuvo atrapado en un bucle predecible. La oposición tradicional nos quiso vender la idea de que la paz era una simple ecuación de fuerza bruta, despliegues espectaculares ante las cámaras y discursos encendidos. Sin embargo, detrás de esa narrativa de mano dura, los gobiernos del pasado terminaron heredando un modelo institucional desgastado, desarticulado y profundamente dependiente. Para los nostálgicos del viejo régimen, la única forma de relacionarse con agencias extranjeras era a través de la subordinación o de operativos opacos que vulneraban la soberanía nacional.

El reciente paso dado por la administración de la presidenta Claudia Sheinbaum ofrece una lectura muy distinta de cómo se puede gestionar la relación bilateral con Estados Unidos sin arrodillarse en el intento.

La firma de la Declaración de Intención con el Pentágono para facilitar que la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) evalúe y adquiera drones y sistemas antidrones de última generación no es un asunto menor. Representa un giro de timón hacia lo que realmente importa en la gestión pública moderna: la inteligencia estratégica y el uso eficiente de la tecnología. En lugar de apostar por el desgaste humano o las viejas fórmulas que ensangrentaron al país, el enfoque actual prioriza la contención tecnológica y la neutralización de capacidades operativas mediante herramientas de precisión.

Lo verdaderamente rescatable de este acuerdo y lo que desarma el discurso crítico de la derecha es el blindaje de nuestra soberanía. La propia Sedena fue enfática al señalar que este marco de cooperación se diseñó bajo un principio estricto de respeto mutuo, sin condicionamientos ni subordinación militar de ningún tipo. México no está comprando una estrategia ajena; está adquiriendo herramientas bajo sus propios términos para fortalecer sus capacidades internas.

Este movimiento deja ver la enorme contradicción de un bloque opositor que se ha quedado sin argumentos válidos. Mientras los opinólogos de la derecha esperaban un colapso en la relación con el gobierno estadounidense o acusaban una supuesta inacción institucional, la Cuarta Transformación responde con diplomacia de alto nivel y modernización estructural.

La soberanía ya no se defiende con el aislamiento ni con la retórica hueca del pasado. Se defiende dotando al Estado de las herramientas necesarias para proteger el territorio, optimizando los recursos públicos a precios competitivos y demostrando que la inteligencia institucional es mucho más efectiva que cualquier despliegue mediático. Al final del día, los resultados están a la vista: un gobierno que planifica con la mirada en el futuro, frente a una oposición que sigue atrapada en la nostalgia de sus propios errores.

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