Informes de gobierno: menos aplausos, más resultados

Por: L.E. David Pascual Aréstegui Espinosa

Economista miembro del Colegio de Economistas de Michoacán Lázaro Cárdenas del Río. CEO del Centro de Investigación de la Opinión Pública de Michoacán (CIOP)

En estas semanas, los municipios de Michoacán presentan sus informes de gobierno. Es un ejercicio importante porque permite explicar qué se hizo durante el año, cuánto se invirtió y cuáles fueron las prioridades de cada administración.

Sin embargo, vale la pena hacer una distinción que muchas veces se pierde entre discursos, eventos y cifras: un informe de gobierno no debería evaluarse por la cantidad de personas que asistieron, por los aplausos recibidos o por la fuerza política que logró reunir un presidente municipal.
Un informe debería evaluarse, principalmente, por sus resultados.

Y esto no es solamente una opinión. Es parte de una lógica básica de la administración pública moderna: los gobiernos administran recursos públicos para resolver problemas públicos. Por eso, la pregunta más importante no es únicamente qué hicieron, sino qué cambió gracias a lo que hicieron.

Pongamos un ejemplo sencillo.
Un municipio puede informar que realizó 200 jornadas de limpieza. Eso es una acción. Puede también señalar que recolectó 500 toneladas de basura.

Eso es un producto.
Pero el verdadero resultado sería conocer si disminuyeron los tiraderos clandestinos, si las colonias están más limpias, si mejoró la recolección de residuos o si los ciudadanos perciben una mejora en el servicio.

Lo mismo sucede con la seguridad.
Comprar diez patrullas es una acción de gobierno. Incorporarlas al servicio y aumentar los recorridos de vigilancia es un producto.

Pero el resultado debe medirse preguntando si disminuyeron los delitos, si mejoraron los tiempos de respuesta de la policía o si las personas sienten mayor seguridad en su colonia.

En obra pública también ocurre.
Decir que se pavimentaron veinte calles es importante, pero el análisis no debería terminar ahí. También tendríamos que preguntar: ¿cuántas personas fueron beneficiadas?, ¿mejoraron los tiempos de traslado?, ¿se resolvió un problema histórico de movilidad?, ¿la obra tiene calidad?, ¿cuánto costó por metro construido?, ¿existían otras zonas con mayor necesidad?

Aquí aparece un concepto que puede sonar muy técnico, pero que en realidad es bastante sencillo: la evaluación del desempeño.
Evaluar el desempeño significa revisar si el dinero, los programas y las decisiones de gobierno realmente produjeron los resultados que se prometieron.

En términos muy ciudadanos, significa preguntarnos:
¿Funcionó o no funcionó?
Y después responderlo con datos.
Para eso existen los indicadores de desempeño. Son herramientas que permiten conocer si un gobierno está avanzando o no frente a determinados problemas.
Por ejemplo, si un municipio dice que su prioridad fue mejorar el alumbrado público, no basta con informar cuántas lámparas compró.

También debería decir qué porcentaje del municipio cuenta ahora con iluminación adecuada, cuánto disminuyeron los reportes de luminarias apagadas, cuánto se redujo el consumo eléctrico y qué percepción tienen los ciudadanos sobre el servicio.

Ese es el salto que necesitamos dar en los informes municipales: pasar de contar actividades a demostrar resultados.

Porque realizar muchas acciones no significa necesariamente resolver muchos problemas.

Una administración puede organizar cientos de eventos, reuniones, capacitaciones o jornadas. Todo eso puede formar parte del trabajo gubernamental. Pero desde la evaluación pública debemos preguntarnos qué beneficio concreto obtuvo la población.

La administración pública utiliza una lógica que ayuda mucho a entenderlo: recursos, acciones, productos, resultados e impacto.

Los recursos son el dinero, personal y materiales que utiliza el gobierno.
Las acciones son las actividades que realiza.

Los productos son los servicios, obras o apoyos entregados.

Los resultados son los cambios que esas acciones generan.

Y el impacto es la transformación que puede observarse en el mediano o largo plazo.

Por ejemplo, construir un centro deportivo es una obra. Tenerlo funcionando es un producto. Que más jóvenes practiquen deporte es un resultado.

Y que con el tiempo disminuyan determinadas conductas de riesgo o mejoren indicadores de salud puede formar parte del impacto.

Esta diferencia es importante porque los ciudadanos tienen derecho a saber no solamente en qué se gastó el dinero, sino también qué resultado produjo ese gasto.

Cada peso público representa una decisión.

Cuando un municipio destina recursos a una calle, deja de utilizarlos en otra necesidad. Cuando aumenta presupuesto a seguridad, salud, cultura, deporte o servicios públicos está definiendo prioridades.
Por eso evaluar también significa comparar.
¿Cuánto costó?
¿Cuántas personas se beneficiaron?
¿Qué problema resolvió?
¿Podía haberse logrado el mismo resultado gastando menos?
¿El programa realmente llegó a quienes lo necesitaban?

Estas preguntas no buscan atacar a los gobiernos. Al contrario, ayudan a mejorar su funcionamiento.

La evaluación del desempeño debería entenderse como una herramienta para gobernar mejor.

Permite identificar programas exitosos para fortalecerlos, detectar políticas que no están funcionando para corregirlas y evitar que los recursos públicos se gasten simplemente por cumplir una meta administrativa.

También existe otro elemento que considero fundamental: la percepción ciudadana.

Un gobierno puede tener indicadores administrativos positivos y, al mismo tiempo, existir una percepción diferente entre la población.
Por eso es importante combinar los datos gubernamentales con encuestas, estudios de opinión y mecanismos de evaluación ciudadana.

Desde el Centro de Investigación de la Opinión Pública de Michoacán, CIOP, hemos insistido en que medir la percepción de la gente no sustituye los indicadores oficiales, pero sí ayuda a complementarlos.

Los datos nos pueden decir cuántas obras se realizaron.

La ciudadanía nos dice si esas obras resolvieron sus problemas.
Los registros administrativos nos pueden señalar cuánto se invirtió en seguridad.

Las encuestas pueden mostrarnos si las personas se sienten más seguras.

La verdadera evaluación surge cuando ambas dimensiones se analizan juntas.

Michoacán tiene una oportunidad importante para avanzar hacia informes de gobierno más claros, técnicos y útiles para la población.
No necesitamos documentos llenos únicamente de fotografías, cifras acumuladas o largas listas de actividades.

Necesitamos informes que permitan comparar resultados entre un año y otro.

Que establezcan metas.
Que expliquen qué se cumplió y qué quedó pendiente.
Que permitan saber cuánto costaron las políticas públicas.

Y, sobre todo, que expliquen de manera sencilla cómo mejoró la vida de las personas.

Los informes municipales no deberían convertirse únicamente en eventos políticos.

Deberían convertirse en verdaderos ejercicios de rendición de cuentas.
Porque gobernar no significa solamente hacer.

Gobernar también significa demostrar que lo que se hizo sirvió.

Y quizá esa sea la mejor manera de medir cualquier administración pública: no por el tamaño del evento, sino por el tamaño de sus resultados.

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