Por: Leo González
En la carrera por la Coordinación de la Defensa de la Soberanía y la Transformación en Michoacán hay perfiles que arrancaron con mayor exposición, estructuras consolidadas y años trabajando una eventual candidatura. Sin embargo, Gabriela Molina ha comenzado a abrirse espacio con una fórmula distinta: crecer gradualmente, construir territorio y colocar sobre la mesa los resultados de su paso por el servicio público.
Gaby Molina es hoy un perfil que vale la pena observar. Ha ido de menos a más y, a diferencia de otros aspirantes, su principal fortaleza podría encontrarse precisamente en no cargar todavía con el desgaste de una confrontación abierta entre los distintos grupos de Morena.
Tiene, además, activos políticos que no pueden ignorarse.
Uno de ellos es su cercanía histórica con el cardenismo. Molina comenzó a tejer buena parte de su carrera política al lado de Lázaro Cárdenas Batel, actualmente jefe de la Oficina de la Presidencia de la República. En política, las relaciones construidas durante años cuentan, aunque sería un error reducir sus posibilidades únicamente a ese vínculo.
Porque Molina también ha construido una trayectoria propia.
Su experiencia en el servicio público es amplia y ha transitado por espacios relacionados con la sociedad civil, la administración pública y la política social. Sin embargo, probablemente el desafío que terminó por darle mayor dimensión política fue la Secretaría de Educación en el Estado.
No era una encomienda sencilla.
Durante décadas, la educación en Michoacán estuvo asociada a conflictos sindicales, movilizaciones, bloqueos, toma de oficinas y constantes desencuentros entre el gobierno y el magisterio. Llegar a esa dependencia significaba administrar uno de los problemas históricamente más complejos del estado.
Y Molina salió políticamente fortalecida.
Su paso por Educación le permitió construir acuerdos, mantener interlocución con sectores históricamente difíciles y demostrar capacidad para operar una dependencia que durante años fue considerada una auténtica trituradora de funcionarios.
Ese antecedente importa porque gobernar Michoacán exige precisamente eso: capacidad de diálogo, operación política y entendimiento de un estado profundamente diverso y complejo.
Ahora enfrenta otro reto: demostrar que una buena trayectoria administrativa puede convertirse en liderazgo político y, eventualmente, en competitividad electoral.
Por eso sus recorridos por el estado serán fundamentales. Morena no elegirá únicamente currículum; pesarán territorio, estructura, conocimiento, aceptación ciudadana y, sobre todo, la capacidad de representar un proyecto que pueda mantener unido al movimiento rumbo a 2027.
Ahí está quizá la oportunidad de Gabriela Molina.
Mientras algunos de sus adversarios internos acumulan años de confrontaciones, filias y fobias dentro del propio movimiento, ella puede presentarse como una opción con menos negativos y con capacidad para dialogar con diferentes expresiones.
Todavía falta camino y sería prematuro colocarla como favorita. Morena tiene perfiles con mayor posicionamiento y estructuras políticas importantes.
Pero descartarla también sería un error.
Gabriela Molina está haciendo algo indispensable en cualquier sucesión: crecer sin hacer demasiado ruido, recorrer territorio y construir una narrativa propia.
En política, no siempre termina ganando quien comienza adelante.
A veces, el perfil más peligroso es precisamente aquel que todos ven crecer cuando ya está demasiado cerca.




