ONU: cuando el diálogo necesita recuperar su fuerza

Por: Fany Santiago.

Hay momentos en los que las instituciones internacionales no solamente deben reunirse: deben demostrar para qué fueron creadas.

El inicio del 81.º periodo de sesiones de la Organización de las Naciones Unidas ocurre en un escenario complejo: guerras, crisis humanitarias, migración, desigualdad, conflictos territoriales y una creciente disputa por recursos estratégicos.

La ONU nació precisamente para enfrentar este tipo de escenarios. Su misión central es mantener la paz y la seguridad internacionales, defender los derechos humanos, fortalecer el derecho internacional y promover el diálogo y la cooperación entre las naciones.

Pero hoy vale la pena preguntarnos: ¿está teniendo la ONU la fuerza necesaria para cumplir esa misión?

Las declaraciones del presidente Donald Trump durante este encuentro volvieron a colocar sobre la mesa los límites de la presión de una potencia mundial y el respeto a la soberanía de los Estados.

Hubo, además, escenas que no deberían pasar inadvertidas.

Mientras Trump hablaba de Irán, su representante permaneció en la sala. Cuando hizo referencia a Cuba y planteó un escenario de caída para su gobierno, diplomáticos cubanos abandonaron el salón. Y cuando el discurso llegó a Venezuela, Delcy Rodríguez también salió de la sala.

Más allá de las posiciones de cada gobierno, el episodio deja una pregunta:

¿Qué sucede cuando, en el principal foro diplomático del mundo, se lanzan advertencias y ultimátums y la respuesta institucional parece insuficiente?

La ONU no fue creada solamente para escuchar discursos. Fue creada para prevenir conflictos, construir puentes y buscar soluciones pacíficas.

Por eso, frente a un escenario de creciente tensión internacional, resulta válido preguntarnos: ¿dónde está la respuesta diplomática que permita transformar la confrontación en diálogo?

No se trata de desconocer que cada Estado tiene derecho a defender sus intereses nacionales. El problema aparece cuando las amenazas, las sanciones, la presión económica o la fuerza comienzan a sustituir a la negociación.

Y aquí América Latina tiene mucho que decir.

Nuestra región conoce las consecuencias de las relaciones asimétricas entre grandes potencias y países con menor capacidad económica o militar. Hoy, además, el mundo enfrenta una disputa creciente por petróleo, gas, minerales estratégicos, tecnología y rutas comerciales.

Por eso, analizar la política internacional también significa hacer preguntas incómodas:

¿Quién se beneficia? ¿Quién decide? ¿Quién paga los costos? ¿Y quién tiene realmente voz?

No se trata de afirmar que detrás de cada decisión existe necesariamente un interés económico oculto. Se trata de reconocer que los intereses energéticos, económicos y geopolíticos forman parte de las relaciones internacionales y deben ser observados con responsabilidad.

La soberanía tampoco puede ser selectiva.

La autodeterminación de los pueblos, el respeto a los derechos humanos y la solución pacífica de las controversias deberían ser principios universales, independientemente del tamaño, poder o riqueza de cada nación.

Y ahí está uno de los grandes desafíos de la ONU: convertirse nuevamente en un contrapeso efectivo frente a los excesos del poder.

No necesita ser un gobierno mundial. Necesita recuperar capacidad diplomática y autoridad para hacer valer el derecho internacional.

Este momento tiene además un significado especial.

António Guterres concluirá su segundo mandato como secretario general el 31 de diciembre de 2026. En 2027 comenzará una nueva etapa para Naciones Unidas con la llegada de quien resulte elegido para ocupar esa responsabilidad.

Por eso la pregunta no es solamente quién llegará.

La pregunta verdaderamente importante es:

¿Qué tipo de liderazgo necesita hoy la ONU?

Aunque destacó que Antonio Guterres lanzó el reto de reformar el consejo de seguridad, ya que dijo que se firmó en la Segunda Guerra Mundial y hoy los retos son distintos y debe de cambiar.

El próximo secretario o secretaria general recibirá un mundo marcado por conflictos, crisis humanitarias, desigualdad, migración, cambio climático y una competencia cada vez mayor por recursos estratégicos.

Pero, sobre todo, recibirá el desafío de volver a sentar a las naciones en una misma mesa cuando pareciera que han dejado de escucharse.

Porque la paz no significa solamente ausencia de guerra.

También significa soberanía, autodeterminación, derechos humanos y la posibilidad de resolver las diferencias sin que la fuerza militar o económica determine quién tiene la razón.

Por eso, frente a lo ocurrido, la pregunta permanece:

¿Qué está sucediendo?

¿Qué pasa cuando desde el principal foro diplomático del planeta se lanzan advertencias y la respuesta institucional parece no llegar?

La ONU tiene una enorme responsabilidad, pero también una oportunidad.

Porque si fue creada para impedir que la fuerza sustituyera al diálogo, hoy debe demostrar que sigue siendo capaz de hacerlo.

Frente al poder, deben existir reglas.
Frente a la amenaza, diplomacia.
Y frente a la imposición, soberanía.

La paz mundial no necesita más discursos.

Necesita instituciones capaces de defenderla.

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