La lección de Tancítaro: la paz que la política nos debe

Por: Javier Robledo

La seguridad en Michoacán no padece de falta de diagnósticos, padece de una crónica falta de voluntad política.

Año tras año, la ciudadanía atestigua cómo los discursos oficiales se llenan de promesas de pacificación y estrategias centralizadas que, en la realidad del territorio, terminan diluyéndose.

Mientras la clase política sigue debatiendo el problema desde la comodidad de los escritorios, el municipio de Tancítaro les desmonta el discurso con hechos: cero extorsiones, cero homicidios y una policía local que se cuenta entre las mejores de todo el país.

El éxito de Tancítaro no es un milagro fortuito ni un golpe de suerte; es una bofetada con guante blanco a la inercia institucional. Demuestra que cuando se limpia la casa desde lo local, la paz es perfectamente posible.

El Cuerpo Único de Seguridad Pública de Tancítaro (CUSEPT) funciona porque rompió con el vicio de la improvisación política: sus elementos están certificados, reciben salarios dignos que blindan su lealtad y operan bajo la vigilancia estricta de Consejos Ciudadanos de Seguridad.

Ahí la seguridad es un asunto de corresponsabilidad y co-gobernanza, no un botín electoral ni una moneda de cambio.La pregunta que los alcaldes, diputados y el propio Gobierno del Estado tienen que responder ya no es qué hacer, sino cuándo van a tener la audacia de replicarlo.

La excusa recurrente de que Tancítaro es una excepción gracias a la bonanza de la industria aguacatera ya no es sostenible. Si un municipio pudo coordinarse con sus sectores productivos para blindar sus accesos y dignificar a sus policías, el Estado y la Federación tienen la obligación legal y moral de subsidiar y rescatar a los municipios con menores recursos para homologar este estándar de protección.

Exportar el modelo de Tancítaro al resto de Michoacán requiere dejar atrás el recelo partidista y la obsesión por centralizar el mando militar. Se necesita apostar con recursos reales por las policías municipales, implementar juzgados cívicos que corten la violencia desde la raíz y, sobre todo, devolverle el control de la vigilancia a las comunidades.

La paz en Michoacán no va a llegar con otra campaña de relaciones públicas ni con más promesas abstractas. Tancítaro ya trazó la ruta y demostró que el esquema civil funciona. Si el resto del estado sigue sumido en la incertidumbre, ya no es por falta de un modelo exitoso; es por la rotunda incapacidad de una clase política que se niega a asumir su verdadera responsabilidad histórica.

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