Las coordinaciones de la 4T comienzan a tomar forma y color

Por: Fany Santiago.

El dibujo comienza a tomar color. Pero, sobre todo, comienza a adquirir sentido de realidad.

Durante las últimas semanas hemos visto movimientos, posicionamientos, mediciones y señales de prácticamente todos los partidos políticos rumbo a 2027. Sin embargo, una cosa es hablar de aspiraciones y otra muy distinta es comenzar a construir el camino para hacerlas realidad.

Los procesos internos ya están en marcha.

Cada partido ha comenzado a mover sus piezas de acuerdo con su propia estrategia. Algunos parecen apostar a las coyunturas y a la exposición pública; otros han optado por fortalecer territorio, ordenar estructuras y definir perfiles con mayor anticipación. La diferencia no es menor: mientras unos intentan aprovechar el momento, otros buscan llegar al proceso electoral con una organización previamente construida.

En Morena, el movimiento ya comenzó.

Esta semana arrancó una nueva etapa con la definición de las primeras coordinaciones de la 4T en Aguascalientes, Campeche y Colima. En Aguascalientes, la coordinación quedó en manos de Nora Ruvalcaba; en Campeche, de Pablo Gutiérrez Lazarus; y en Colima, de Rosa María Bayardo.

Este miércoles se sabrá quién coordinará los trabajos de la 4T en Sinaloa y Querétaro. A partir de entonces, durante las próximas dos semanas, continuarán las definiciones hasta cubrir las 17 coordinaciones que fortalecerán al movimiento rumbo a las gubernaturas de 2027.

Más allá de los nombres, estas designaciones representan una responsabilidad política de gran relevancia. Quienes sean elegidos no solo deberán organizar el trabajo de Morena rumbo a 2027; tendrán que fortalecer la democracia, conquistar la voluntad del pueblo con acciones y demostrar con resultados que la transformación puede traducirse en mejores condiciones de vida para la ciudadanía.

Estas coordinaciones no deben entenderse únicamente como anuncios de nombres. También representan una forma de ordenar la competencia interna, establecer una referencia política y comenzar a concentrar esfuerzos alrededor de una ruta común. Su importancia dependerá, en buena medida, de que logren convertirse en espacios de articulación y no solamente en posiciones individuales dentro de la disputa.

La coordinación puede cumplir varias funciones al mismo tiempo. Por un lado, permite identificar a quienes tendrán una responsabilidad política visible en cada entidad. Por otro, ofrece un mecanismo para procesar aspiraciones, reducir la dispersión y evitar que la competencia interna se convierta en un conflicto permanente. En un partido con múltiples grupos, liderazgos y perfiles competitivos, esa tarea resulta central.

Pero una coordinación no garantiza por sí misma la unidad.

La unidad política no se decreta con un nombramiento. Se construye mediante acuerdos, reglas claras, reconocimiento de las distintas expresiones y capacidad para incorporar a quienes no resulten favorecidos en una primera definición. Si las coordinaciones logran cumplir esa función, pueden convertirse en una herramienta para fortalecer al partido. Si no lo hacen, corren el riesgo de ser interpretadas únicamente como el inicio de una nueva disputa.

La lección de estos procesos no está solamente en el resultado, sino en el método. En las decisiones internas, la forma en que se construyen los acuerdos puede ser tan importante como la decisión misma. Una definición que logra ser asumida por las distintas partes ofrece mejores condiciones para organizar el trabajo posterior; una que deja inconformidades abiertas puede trasladar el conflicto hacia la siguiente etapa.

Por eso, las coordinaciones deben evaluarse no solo por el perfil de quienes las encabezan, sino también por su capacidad para construir una estructura política amplia. El reto será pasar de la definición individual a la organización colectiva; de la expectativa personal a una estrategia común; y de la competencia interna a la preparación electoral.

Pero también deberán demostrar que su tarea no se limita a recorrer el territorio o administrar una estructura partidista. Su verdadero desafío será escuchar a la ciudadanía, identificar sus necesidades, defender las causas sociales y convertir las propuestas de la 4T en acciones concretas. La confianza del pueblo no se conquista con discursos, sino con presencia, trabajo y resultados.

Y esto apenas comienza.

La carrera real empieza a tomar velocidad. Se termina el preentreno y comienza el partido.

Durante las próximas dos semanas continuarán las definiciones hasta completar las 17 coordinaciones de la 4T. Con cada anuncio tendremos una fotografía más clara del tablero nacional rumbo a 2027. Cada decisión permitirá observar no solo quiénes aparecen, sino también qué equilibrios se están construyendo, qué grupos quedan incluidos y cuáles serán los márgenes de operación para quienes aspiren a participar más adelante.

La estrategia de la dirigencia nacional de Morena, encabezada por su presidenta, Ariadna Montiel, parece tener una lógica definida: concentrar las decisiones en estas semanas para llegar al arranque formal del calendario electoral con buena parte de las piezas identificadas y encaminadas.

No es un asunto menor.

Anticipar definiciones puede ofrecer ventajas organizativas. Permite que los perfiles seleccionados comiencen a recorrer el territorio, establecer comunicación con las estructuras locales y construir una agenda política antes de que la competencia electoral entre plenamente en su fase formal. También puede ayudar a reducir la incertidumbre interna, siempre que el proceso sea acompañado por reglas y acuerdos que den certidumbre a quienes no resulten favorecidos.

Sin embargo, la anticipación también implica responsabilidades. Quienes sean designados como coordinadores tendrán que demostrar que pueden representar una propuesta amplia y no únicamente a un grupo. Deberán evitar que la coordinación se convierta en una campaña personal y concentrarse en construir condiciones de competitividad para el movimiento en su conjunto.

Su tarea será fortalecer la democracia interna y externa, promover la participación ciudadana, defender los principios de la transformación y conquistar la voluntad del pueblo con hechos. La política no puede reducirse a la disputa por una candidatura; debe expresarse en la capacidad de servir, resolver y dar resultados. En el caso de Michoacán todo parece indicar que será el domingo 06 de septiembre que se anuncie quién ostentará la coordinación en el estado.

El próximo 9 de septiembre inicia formalmente el calendario electoral, y llegar a esa fecha con definiciones, acuerdos y estructuras avanzadas significa comenzar el proceso con una ventaja importante frente a quienes todavía estén intentando ordenar sus propios procesos internos.

Porque el calendario electoral no espera a nadie.

Pero tampoco basta con llegar primero. La ventaja inicial solo se sostiene si existe organización, disciplina y capacidad para mantener la cohesión. Las definiciones tempranas pueden ordenar el tablero, pero también exigen que los actores políticos administren con cuidado las expectativas y eviten convertir cada diferencia en una ruptura.

En ese sentido, el desafío de Morena rumbo a 2027 será doble: conservar la capacidad de movilización que le ha permitido crecer y, al mismo tiempo, procesar una competencia interna cada vez más visible. La fortaleza electoral no dependerá únicamente de la cantidad de perfiles disponibles, sino de la capacidad para integrarlos dentro de una ruta común y de demostrar que esa ruta puede traducirse en resultados para la gente.

Y mientras el tablero nacional comienza a tomar forma, inevitablemente la mirada comienza a dirigirse hacia Michoacán.

Aquí también se empiezan a acelerar los tiempos. Los nombres circulan, los grupos se mueven, los perfiles comienzan a medir sus posibilidades y el territorio vuelve a convertirse en el verdadero termómetro de lo que puede suceder.

Michoacán no estará al margen de la lógica nacional. Las definiciones que se tomen en otras entidades ofrecerán referencias sobre el método, los tiempos y el tipo de acuerdos que podrían marcar la siguiente etapa. Pero cada estado tiene su propia realidad, y cualquier lectura sobre Michoacán deberá considerar sus particularidades políticas, sus estructuras locales y la relación entre los distintos grupos que participan en Morena.

Por eso, trasladar mecánicamente lo ocurrido en otras entidades sería un error. Las coordinaciones pueden compartir una lógica nacional, pero su funcionamiento dependerá de las condiciones concretas de cada territorio. En Michoacán, la capacidad de diálogo, la presencia territorial y la construcción de acuerdos serán factores determinantes.

Porque en política no basta con tener una buena encuesta, una buena estrategia digital o una buena narrativa.

Hay que tener territorio.

Hay que tener estructura.

Hay que tener capacidad de diálogo.

Hay que tener sensibilidad social.

Y, sobre todo, hay que tener la capacidad de construir un proyecto fortaleciendo la unidad.

También será necesario distinguir entre posicionamiento y organización. Un perfil puede tener visibilidad y reconocimiento, pero eso no significa automáticamente que cuente con una estructura capaz de sostener una competencia electoral. Del mismo modo, una estructura puede ser amplia, pero insuficiente si no logra conectar con las preocupaciones reales de la ciudadanía.

Las coordinaciones tendrán que resolver precisamente esa combinación: convertir la presencia política en organización, la organización en confianza y la confianza en una propuesta competitiva. Pero, sobre todo, deberán convertir esa confianza en acciones y resultados que la gente pueda ver, evaluar y reconocer.

El 2027 todavía parece lejano en el calendario, pero políticamente ya está aquí.

Las coordinaciones de la 4T comienzan a tomar forma y color. Y conforme avance septiembre, el dibujo será cada vez más claro.

Lo que está en juego no es únicamente quién encabezará cada proceso. También se define qué tan ordenado será el camino hacia 2027, qué capacidad tendrá Morena para procesar sus diferencias y qué tan eficaz será para transformar sus decisiones internas en una estructura electoral sólida, democrática y cercana al pueblo.

La pregunta ya no es quién quiere participar.

La verdadera pregunta comienza a ser: ¿quién está realmente preparado para competir, construir acuerdos, fortalecer la democracia, conquistar la voluntad del pueblo con acciones y sostener la unidad rumbo a 2027?

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