La estrategia está en compartir el tablero

Por: Fany Santiago. 

Dicen que la política es como una partida de ajedrez. Y quizá no estén equivocados. En ambos escenarios se requiere estrategia, visión, paciencia y la capacidad de anticipar los movimientos del adversario. Pero existe una diferencia fundamental: en política no se juega con piezas de madera, se trabaja con personas.

Sin embargo, todavía hay quienes ejercen el poder convencidos de que los liderazgos son fichas que pueden mover a su antojo. Creen que dirigir consiste en decidir quién habla, quién aparece en la fotografía y quién debe permanecer siempre detrás, aplaudiendo. Confunden liderazgo con control y autoridad con obediencia.

Bajo esa lógica, la política deja de ser un ejercicio de construcción colectiva para convertirse en un mecanismo de administración del poder.

Hay quienes prefieren rodearse de personas que nunca cuestionen, que siempre digan que sí y que limiten su participación a llenar plazas, organizar porras o repetir discursos. No porque esas personas no tengan capacidad, sino porque resulta más cómodo mantenerlas en un papel secundario que impulsarlas a crecer.

Pero el tablero ya cambió.

Hoy existen mujeres y hombres jóvenes que entienden la política desde otra perspectiva. Liderazgos que estudian, que analizan, que recorren el territorio, que escuchan y que construyen propuestas. Personas que no buscan desplazar a nadie, pero que tampoco aceptan convertirse en una masa sin voz, sin criterio y sin posibilidad de aportar.

Y es precisamente ese tipo de liderazgo el que suele incomodar a quienes confunden el respeto con la sumisión. Porque un liderazgo preparado ya no es tan fácil de manipular. Piensa, propone, cuestiona y, sobre todo, entiende que servir no significa obedecer ciegamente.

Un dirigente que se siente amenazado por el crecimiento de su equipo revela, en realidad, la fragilidad de su propio liderazgo. Quien está seguro de sí mismo no teme compartir el reflector; entiende que el verdadero poder no consiste en ser el único que brilla, sino en lograr que muchos más puedan hacerlo.

Los grandes proyectos políticos no se sostienen sobre egos, sino sobre estructuras sólidas. Y una estructura sólida se construye formando cuadros, capacitando liderazgos, generando confianza y permitiendo que cada persona desarrolle sus propias capacidades.

En el ajedrez, cada pieza tiene un valor distinto. El caballo, la torre, el alfil, la reina y hasta el peón cumplen una función indispensable para ganar la partida. Quien desperdicia sus piezas por querer lucirse termina perdiendo el juego.

En política sucede exactamente lo mismo.

Un proyecto político que le teme al crecimiento de su gente está condenado a depender siempre de las mismas voces. En cambio, un proyecto que forma liderazgos multiplica su capacidad de escuchar, de organizar, de resolver y de transformar.

Los mejores líderes no son quienes acumulan obediencia, sino quienes generan convicción. No son quienes controlan todas las decisiones, sino quienes forman personas capaces de tomar buenas decisiones incluso cuando ellos no están presentes.

La transformación no necesita dirigentes que apaguen talentos para conservar privilegios. Necesita mujeres y hombres que comprendan que compartir el conocimiento, abrir espacios y formar nuevos liderazgos fortalece cualquier proyecto político.

Porque un peón puede avanzar una casilla a la vez, pero cuando encuentra el espacio para crecer, puede convertirse en la pieza más poderosa del tablero.

Quizá esa sea la mayor lección que muchos aún no han entendido: la verdadera estrategia no consiste en controlar el tablero, sino en compartirlo. Porque cuando un liderazgo abre espacio para que otros crezcan, no pierde poder; construye un legado.

Al final, las mejores partidas no las gana quien mueve más piezas, sino quien logra que cada una despliegue todo su potencial. En política ocurre igual: el liderazgo que trasciende no es el que acumula seguidores, sino el que forma nuevos líderes capaces de continuar la partida con inteligencia, convicción y compromiso.

Porque el poder que se comparte construye liderazgos. El poder que se acapara solo construye dependencia. Y la mejor estrategia, en política como en el ajedrez, siempre será compartir el tablero.

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