Por: Leovigildo González
La tarde de este lunes, Morelia volvió a presenciar una escena que remite a los años más oscuros de la violencia en América Latina: un homicidio perpetrado por un sujeto armado a bordo de una motocicleta, que alcanzó a su víctima (el conductor de un automóvil) y disparó en repetidas ocasiones, en una ejecución que inevitablemente recuerda el modus operandi que sembró terror en la Colombia de los años 80 durante la era de Pablo Escobar.
El uso de motocicletas como herramienta del crimen no es nuevo. En Morelia y otras ciudades del país, estos vehículos han sido utilizados durante años para cometer robos violentos, asaltos a comercios y, cada vez con mayor frecuencia, para ejecutar asesinatos con precisión y rapidez. Su principal ventaja para los criminales es evidente: movilidad, velocidad y facilidad para escapar.
Pero más allá del hecho criminal en sí, lo que estremece es la frialdad del agresor. La manera en que manipula el arma y acciona el gatillo (al menos diez veces, según versiones preliminares) revela que no se trata de un improvisado. Hay experiencia, entrenamiento y una alarmante familiaridad con la violencia.
Todo ocurrió a plena luz del día, ante la mirada de automovilistas y transeúntes que, impotentes, fueron testigos de un nuevo episodio de sangre en la capital michoacana.
La imagen del sicario huyendo en motocicleta, sin que ninguna autoridad lograra interceptarlo o siquiera perseguirlo, deja otra postal preocupante: la de la impunidad. Una impunidad que no solo alienta a quienes delinquen, sino que profundiza la percepción de vulnerabilidad entre los ciudadanos.
El regreso de los “motosicarios” no solo es una noticia roja; es una señal de alerta sobre el momento de seguridad que vive Morelia. Y la pregunta inevitable es: ¿estamos frente a un hecho aislado o ante el retorno de una modalidad criminal que creíamos lejana?




