Por: DIEGO DONALDO CHÁVEZ PALMERÍN.
COLUMNA: EL ÚLTIMO LLAMADO
«DESPUÉS DE LA OLA».
Toda ola política tiene un momento de expansión y otro de acomodo. México parece haber entrado ya en el segundo.
Durante los últimos años, Morena logró algo que ningún otro movimiento había conseguido desde hace mucho tiempo: construir una mayoría política, narrativa y emocional alrededor de un liderazgo que terminó redefiniendo por completo el sistema político mexicano. Ganó presidencias, gubernaturas, congresos, ciudades y, sobre todo, instaló la sensación de que todo termina girando alrededor del mismo eje.
La historia demuestra que ningún sistema político permanece intacto después de conquistar tanto poder. Más temprano que tarde empiezan las tensiones internas, las disputas por control, los proyectos personales y las diferencias que durante años se mantuvieron contenidas bajo la sombra de un liderazgo dominante.
Eso es justamente lo que empieza a sentirse hoy.
México ya no vive el momento de la expansión obradorista. Vive el momento del reacomodo post obradorista, y aunque muchos todavía intentan simular continuidad absoluta, la política real suele moverse mucho antes que el discurso público.
Observen, están las señales.
Grupos internos disputando posiciones.
Figuras nacionales operando por separado.
Coordinaciones que se ven más forzadas que naturales.
Y una Presidenta que, poco a poco, comienza a enfrentar el desafío más complejo que existe en política; gobernar con poder… sin controlar completamente al grupo que la llevó al poder.
Claudia Sheinbaum llegó a la Presidencia con legitimidad electoral amplia, pero también con una estructura política heredada, con liderazgos internos consolidados y con figuras que construyeron poder propio durante el sexenio anterior.
Ahí están los coordinadores parlamentarios, los gobernadores más influyentes y, por supuesto, la presencia todavía determinante de Andrés Manuel López Obrador sobre buena parte del movimiento.
No hace falta que exista confrontación pública para entender que las etapas políticas, los tiempos y las prioridades cambian. Incluso cambian las formas de ejercer el poder. Cuando eso ocurre, los liderazgos suelen necesitar nuevos equilibrios.
La política mexicana tiene larga experiencia en eso. Los Presidentes fuertes normalmente terminan construyendo gobernabilidad no solamente con los propios, sino también generando márgenes de acuerdo hacia afuera. No por generosidad democrática; sino por necesidad de estabilidad.
Mientras Morena administra tensiones internas inevitables para cualquier fuerza que concentra tanto poder, otros actores comienzan a encontrar espacio político nuevamente. Gobernadores, liderazgos locales, bloques legislativos e incluso sectores de oposición que hace apenas unos años parecían completamente desplazados, hoy vuelven a tener margen de interlocución.
La política mexicana nunca tolera vacíos por mucho tiempo.
Y recuerden, cuando un proyecto entra en fase de reorganización interna, el sistema completo empieza a moverse alrededor de ese nuevo equilibrio.
Por eso quizá la discusión importante ya no es si Morena sigue siendo dominante. La discusión real es el cómo va a gobernarse el país durante una etapa donde el poder ya no parece concentrarse con la misma claridad de antes.
Ese proceso apenas comienza.
Y como ocurre en toda reconfiguración política, muchos todavía siguen hablando como si nada hubiera cambiado… mientras el tablero ya empezó a moverse.




