Por: P. Francisco Armando Gómez Ruiz

Cuando hace medio año comenzaba las lecciones de literatura universal con alumnos de preparatoria en el Seminario Diocesano de Morelia, debía encontrar razones para estudiar literatura. Revisando y sistematizando mis razones para leer y escribir, uno de mis principales argumentos fue: antes de verlo en el cine o en el teatro, en series o en capítulos en la pantalla chica, apareció en la mente y en el cuadernillo de un escritor. Así es, sin literatura no hay entretenimiento.
El Rey León he tenido la oportunidad de verlo en caricatura, en cuento impreso, en un musical teatral y hace unos días en la pantalla grande. Disney ha recreado una historia que totalmente es una pieza artística clásica, pues viéndola las almas son invitadas a mejorar su proceder. La palabra “clásico” era usada por los antiguos para referirse a aquel soldado brillante que con su actuar motivaba a sus colegas a la acción. Por eso, cuando veamos una persona, un objeto o un evento que provoca inspiración no dudemos en decirle clásico. Generalmente lo clásico y lo antiguo para algunas personas son equiparables, y no sin razón, pues quien provoca inspiración es frecuentado por varias generaciones.
El drama que conduce la historia del Rey León está cimentado sobre el nudo que ya los clásicos griegos y el mítico Shakespeare utilizaron. De hecho, sabemos que es prácticamente imposible ensamblar alguna narración que no haya pensando y escrito ya el dramaturgo londinense. En la historia de Hamlet descubrimos el drama mencionado: el Rey de Dinamarca, padre de Hamlet, es asesinado por su hermano Claudio. Éste se queda con su reino y esposa. Así funciona el centro del drama: Mufasa muere gracias al plan maléfico de su hermano Scar. Simba huye y luego regresará por lo que le pertenece.
El Rey León se instaura, por tanto, como un clásico que se dirige a toda la familia y no sólo a niños. De hecho, me parece que con esta película sucede lo mismo que con el libro El Principito, pues aunque los infantes entienden el centro del drama y de la diversión, son los jóvenes y los adultos los que logran seguir con la reflexión una vez que vuelven a casa. Porque ese nudo literario montado con animales, se vive en más de una colonia de la ciudad, lo sabemos.
La cinta animada que en este 2019 pasa de caricatura a “real”, tiene mensajes interesantes sobre el liderazgo -el Rey no ve su propio provecho sino el bien de los demás-, de unión familiar -ni la muerte misma rompe con los lazos del amor-, de amistad -la capacidad de incluir al mundo afectivo a aquellos que no son de la misma sangre- del cuidado de la creación -respetar los ciclos de la vida-, por mencionar algunos. Incluso metiendo la pluma en el tintero cristiano podríamos decir lo siguiente: Mufasa es el Padre quien por planes humanos y egoístas es expulsado de la realidad terrena, quedando la creación entera a merced de los propios caprichos de los hombres y mujeres, generando así destrucción en él. Simba es el Hijo que aun existiendo desde antes del triste evento “de la muerte de Dios, del Rey”, llegado el momento oportuno regresa para enfrentar al mal, Scar, y volver a la creación a su condición original. Rafiki, testigo e inspiración del actuar de Mufasa y de Simba es el Espíritu Santo que también lo contempla y lo conduce todo discretamente.
Que en la cartelera no falten filmes como éste en medio de la violencia, del terror y del romanticismo. Que en nuestra vida existan siempre clásicos que al verlos nos muevan a ser más humanos, de esos que saben mirar con amor a la creación, al prójimo y a Dios.
P. Francisco Armando Gómez Ruiz





