Noroña, la libertad de expresión, twitter y el karma

Por: Martín Ramos

Hoy en día vemos con cierta normalidad el ejercicio del derecho a la libertad de expresión, es decir, la posibilidad de que cualquier persona pueda manifestar libremente sus ideas sin que se le persiga por las mismas. Esta idea emana del constitucionalismo liberal el cual implica por un lado la posibilidad de que las personas sean sujetas de libertades, mientras que por el otro el estado encuentre límites a su poder mediante mecanismos como la división de funciones (división de poderes).

Estas prerrogativas siempre fueron enarboladas por corrientes de pensamiento principalmente de izquierda, cuyas demandas estribaron en que las personas sean libres y puedan gozar de tantas libertades como la propia naturaleza humana permita, sin embargo, tales derechos siempre encuentran su frontera cuando se topan con los poderosos callos de gobernantes poco tolerantes a la crítica.

En el siglo pasado la hegemonía de un partido cooptó los medios y la opinión pública, cuestión que cambió desde la década de los noventas hasta el pasado 2018, periodo en el que estimo se vivió una “época dorada” de la libertad de expresión (con sus bemoles claro) ya que la sátira política fue el pan de cada día de los gobernantes en turno, aunado a la hiperconectividad de las sociedades mediante las redes sociales. No obstante, en pleno 2019 vemos que esta libertad puede estar en riesgo.

Por un lado, las declaraciones del actual presidente, hacen que pensemos dos veces en fustigar sobre su desempeño, tal y como le sucedió a Víctor Trujillo la semana pasada que por ejercer su derecho a la libertad de expresión fue “víctima” de hordas de tuiteros que descalificaron su carrera por no coincidir con sus puntos de vista.

Mientras que por otro lado, existe un personaje que hace uso de las Legiones, diría Umberto Eco, es el polémico Gerardo Fernández Noroña, que al ser circulado su número celular personal y ser criticado por personas en su teléfono, le pidió a sus seguidores se encargaran de tales “impertinentes”, conducta reprobable por un lado de aquellos que lo molestaron en su persona mediante su teléfono, pero más aún de su parte en cuanto “representante popular”.

Tal parece ser que la izquierda encarnada por figurines como él está a favor de la libertad de expresión, siempre y cuando esa libertad no lleve aparejada un ápice de crítica hacia su persona, porque recordemos que se debe ser democrático siempre y cuando esa democracia no sea en detrimento propio.

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