Si Carlos Manzo no hubiera muerto

Por Leopoldo González

El 1 de noviembre de 2026, hace unos cuantos días, se cumplió el primer aniversario de la muerte de Carlos Alberto Manzo, quien fue asesinado un año antes por un joven sicario, durante la celebración del XVIII Festival de las Velas en la ciudad de Uruapan.

Los aniversarios póstumos de algún personaje, como en este caso de Carlos Manzo, casi siempre son ocasión y oportunidad propicia para hacer un balance de su vida, para establecer el peso y la importancia significativa de su legado e iniciar el juicio histórico sobre las luces y sombras de su periplo vital.

Dotado de un carisma y un estilo muy particulares, Carlos Alberto Manzo Rodríguez fue un hombre que forjó su liderazgo en la calle y en la plaza, caminando al lado de su gente y buscando servir al prójimo en cualquier forma, como muestra el testimonio de una anécdota de su adolescencia, en la que acude a donar sangre para una paciente en situación complicada.

Hay vidas a las que sacude la indignación frente a la injusticia y el abuso de poder, y la de Carlos Manzo fue una de ellas.

Hay vidas a las que estruja un imperioso llamado a hacer el bien en su entorno y con sus semejantes, y la de Carlos Manzo fue una de ellas.

Hay vidas que son sagradas a causa de los peligros que sobrellevan y afrontan, y la de Carlos Manzo, sin lugar a dudas, fue una de ellas. Los que han querido ensuciar su nombre y su memoria se descalifican a sí mismos, porque se mueven entre los protocolos del fango y los demonios de la sangre.

La vecindad histórica menos común y más digna de alabanza es la del mártir y el héroe, porque funde dos grandezas en una: cualquier pequeñez humana cede su sitio al brillo refulgente de la grandeza, para que despliegue su imperio toda la luz en un instante. Por aquí asoma -entre líneas- la silueta de Carlos Manzo.

Aunque nació en Uruapan, hijo del artista plástico Juan Manzo, sus abuelos y otros de sus antepasados provenían de la hacienda de Guaracha, ubicada en la Ciénega de Chapala, a aproximadamente 20 minutos de Sahuayo, donde están las más antiguas raíces históricas del típico “sombrero sahuayense” que usaba Carlos Manzo.

Hay una sombrerería de prestigio en Sahuayo, a la que de cuando en cuando acudía Carlos Manzo, el mártir de la resistencia al autoritarismo guinda, en la que le elaboraban con herramientas y manos el sombrero que tanto le gustaba.

Carlos, Carlos Manzo ya no está físicamente aquí, en este plano terrenal, por los hechos que todos conocemos: Rufianes con R mayúscula y números progresivos le arrebataron la vida, pues el frustrado y el acomplejado enrolados con el crimen no toleran la limpieza ni la victoria ajena. El pecado y la astucia de la sangre encarnan en los peores, no en los mejores ejemplares de la especie.

Dos aciertos, en la vida y en la visión de Carlos Manzo, son el reflejo de su dimensión histórica: es artífice de la creación del Movimiento Independiente del Sombrero, por mucho, el movimiento social y popular más importante de la periferia del país, después del esplendor y ocaso del movimiento de “regeneración”, fundado en otros años por cabecillas muy cabezones; el segundo acierto, haber hecho del sombrero un ícono social del corazón de México.

Sé y sabemos que el “hubiera” no existe en la historia. Pero si Carlos Manzo viviera, aguerrido como era, seguramente estaría inalcanzable e imbatible en las encuestas de preferencia electoral rumbo a 2027, frente a un morenismo que, con él o sin él enfrente, va en picada hacia la ruina de su proyecto.

Lo que preocupa al morenismo venido a menos, son dos cosas: que Michoacán, junto a otros estados, sería un eslabón más de la resistencia frente a los que no han dado el ancho en el ejercicio de gobierno; pero, además, le preocupa que quien les pase por encima en Michoacán, automáticamente se colocaría en la contienda federal de 2030 como una locomotora del retorno de la democracia a nuestro país.

Algo más preocupa al morenismo gubernamental: que mientras más golpes y embestidas orientan a detener a Grecia Quiroz y a los independientes, más crecen en la simpatía ciudadana y popular y en las encuestas serias.

El mejor trabajo que quizá hoy se viene haciendo a favor de la oposición, lo hace la presencia simbólica de Carlos Manzo a la distancia y el estercolero en que la 4T ha convertido el oficio de gobierno.

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La clave del triunfo en política radica en la política de las matemáticas: sumar y multiplicar siempre, y muy pocas veces restar y dividir.
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