El menos malo.

TRANSFORMANDO

EL MENOS MALO

Brasil eligió a Lula para evitar el regreso del bolsonarismo, pero evitar lo peor no significa haber elegido lo mejor.

Mientras los señalamientos de presunta corrupción en el Instituto Nacional Electoral siguen sacudiendo a México y poniendo en duda la confianza en nuestras instituciones, conviene levantar la mirada hacia América Latina, particularmente hacia Brasil, donde las elecciones presidenciales dejaron una lección que deberíamos analizar antes de repetir sus errores, ganar una elección no necesariamente significa superar la división de un país.

Hay elecciones en las que los ciudadanos votan por la esperanza, otras por el miedo, porque creen que la alternativa sería todavía peor.

Brasil parece estar de nuevo ahí.

La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva representa alivio para muchos, pero abre una pregunta incómoda, ¿ganó el mejor proyecto o solo perdió el que despertaba más temores?
El Lula de 2003 no es el de hoy. Aquel dirigente sindical llegó como símbolo de esperanza, impulsó políticas sociales importantes y combinó una agenda de izquierda con pragmatismo económico, pero el paso de los años, las contradicciones, los escándalos políticos y las dificultades económicas han transformado aquella imagen.

Sería injusto ignorar sus logros, pero también sería ingenuo justificar automáticamente sus decisiones actuales con éxitos del pasado, porque una cosa es haber sido un buen presidente y otra muy distinta conservar para siempre la capacidad de serlo.

Brasil enfrenta desafíos fiscales, de productividad, inversión y desigualdad, problemas que no comenzaron con Lula, pero que tampoco van a esperar detrás de discursos ideológicos.

La elección del pasado domingo ofrece un dato que merece una reflexión más profunda. Lula ganó con el 51.79% de los votos válidos, pero sus 64.3 millones de sufragios representan apenas el 40.48% del padrón electoral, es decir, prácticamente seis de cada diez brasileños con derecho a votar no le dieron su voto.

Esto no significa que todos ellos rechacen su proyecto, entre quienes se abstuvieron, votaron en blanco o anularon su sufragio existen distintas razones y posiciones políticas, pero sí demuestra que ganar una elección no equivale a contar con el respaldo expreso de la mayoría del electorado.

Su triunfo es legítimo, aunque también representa un desafío mayor, tendrá que gobernar para un país donde la mayoría de los electores no votó por él, incluidos millones que respaldaron abiertamente una alternativa distinta.

La reacción de Flávio Bolsonaro confirma que la polarización no desapareció con el escrutinio, cuestionó los resultados sin presentar pruebas que acreditaran sus acusaciones y después huyó de Brasil hacia Estados Unidos, después de recibir una orden judicial para entregar sus pasaportes, desde donde denuncia persecución política. La oposición tiene derecho a fiscalizar al gobierno y cuestionar sus decisiones, pero la inconformidad política no sustituye la evidencia ni justifica desconocer la voluntad expresada en las urnas.

Durante décadas, izquierda y derecha han querido convencernos de que en sus respectivas ideologías están todas las respuestas, como si gobernar fuera un concurso para demostrar quién tiene razón y no un oficio para resolver problemas.

Ninguna sociedad prospera distribuyendo riqueza que no produce, ni crece ignorando a quienes quedan fuera de sus beneficios.

Por eso, más que discutir qué mano debe sostener el violín de la política, lo urgente es aprender a utilizar ambas para que suene una melodía soportable.

Gobernar implica reconocer que ninguna ideología tiene el monopolio de las buenas decisiones, una izquierda responsable debe entender que sin inversión y productividad difícilmente podrá financiar sus compromisos sociales, mientras una derecha moderna tendría que aceptar que la desigualdad también obstaculiza el desarrollo.

El problema aparece cuando un gobierno confunde su victoria electoral con el derecho a gobernar solamente para los suyos, ganar no convierte al presidente en dueño del país ni transforma a sus adversarios en enemigos de la nación y mucho menos en traidores a la patria.

Esto también vale para México, donde hemos dividido artificialmente a la sociedad entre quienes supuestamente representan al pueblo y quienes son señalados como sus adversarios.

El triunfo de Lula puede verse como una oportunidad para evitar ciertos riesgos, pero también tendría que ser una advertencia para la izquierda, el rechazo a una alternativa no es lo mismo que la aprobación total de quien gana, ni representa un cheque en blanco.

La democracia se degrada cuando elegir deja de ser un acto de esperanza y se convierte en un ejercicio de resignación.

Quizá el problema de América Latina no sea que sus gobernantes utilicen demasiado la izquierda o demasiado la derecha, sino que, mientras discuten con qué mano deben gobernar, terminan olvidando para quién gobiernan.

La democracia no debería obligarnos a elegir permanentemente entre lo malo y lo peor, debería permitirnos exigir algo mejor.

POSDATA:
La crisis del INE ya provocó la salida de Guadalupe Taddei y otros 15 funcionarios, pero las renuncias no esclarecen los contratos ni garantizan la imparcialidad del instituto, ¿con qué confianza llegaremos a las elecciones de 2027 si el árbitro todavía tiene cuentas pendientes?

Es tiempo de los ciudadanos … ¡¡¡ Indignados!!!!

Abelardo Pérez Estrada
Empresario, Analista, Expresidente CANACINTRA

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