Por: Leo González
El 14 de septiembre de 2026 publicamos una imagen que, en política, podía significar mucho más que un simple apretón de manos: Carlos Torres Piña y Raúl Morón Orozco estrechaban la mano minutos después de que el exfiscal fuera designado coordinador de la Defensa de la Cuarta Transformación en Michoacán.
La fotografía proyectaba la posibilidad de un acuerdo, de una transición sin mayores sobresaltos y, quizá, de una señal de unidad dentro de Morena. Morón estuvo presente en el anuncio. No se le veía sonriente, pero estaba ahí. Al ser abordado por los reporteros y cuestionado sobre si estaba conforme con el resultado, respondió con una frase que parecía cerrar cualquier controversia: “Me ganó a la buena”.
Sin embargo, la política tiene memoria y las declaraciones también tienen fecha de caducidad.
Hoy, el discurso parece haber cambiado. La inconformidad con la encuesta vuelve a colocarse sobre la mesa y deja una pregunta inevitable: ¿qué cambió entre reconocer la derrota y cuestionar el resultado?
Torres Piña consiguió revertir una desventaja en las mediciones de opinión pública y posicionarse como una figura competitiva rumbo a la definición interna de Morena. Lo hizo desde la Fiscalía General del Estado, con una estrategia centrada en la exposición de resultados y en una coyuntura que colocó la seguridad en el centro de la conversación pública: el asesinato de Carlos Manzo.
En ese escenario, su figura adquirió relevancia política y mediática. Para bien o para mal, la atención pública se concentró en su desempeño y en las decisiones que tomó desde una de las instituciones más complejas del estado.
Morón, en cambio, enfrentó un desgaste considerable. Su imagen quedó expuesta a cuestionamientos que, en buena medida, alcanzaron a integrantes de su entorno político. El problema no fue solamente que esos señalamientos existieran, sino la manera en que su equipo respondió a ellos y el costo que terminaron teniendo para su liderazgo.
En política, los adversarios pueden influir en una derrota, pero no explican todas las razones de un resultado. También cuentan las decisiones propias, la selección de los aliados, la capacidad de reacción y la disposición para reconocer los errores.
Y ahí es donde el senador debe hacer una revisión más profunda. Porque una parte importante de lo que hoy lo tiene fuera de la coordinación no necesariamente se encuentra en sus adversarios, sino en sus propias decisiones y en el desempeño de su equipo.
La autocrítica también es una forma de liderazgo. Pretender que las responsabilidades siempre están del otro lado puede servir para mantener cohesionada a una estructura por un tiempo, pero difícilmente ayuda a corregir aquello que condujo a una derrota.
Por supuesto, cuestionar una encuesta es legítimo. Ningún ejercicio demoscópico está exento de revisión y cualquier inconformidad debe atenderse con argumentos, metodología y evidencia. Lo que resulta políticamente contradictorio es pasar de reconocer que alguien ganó “a la buena” a poner en duda el resultado sin que, de manera pública, se expliquen con claridad las razones de ese cambio de postura.
Una experiencia personal
Hay algo que también quiero poner sobre la mesa, aunque esta parte de la historia se aparte por un momento de la disputa interna de Morena.
El 11 de agosto, el portal de la revista Proceso publicó señalamientos contra el medio de comunicación que dirijo, Sala de Prensa Michoacán, al que se vinculó con una supuesta estrategia de guerra sucia relacionada con el equipo de Morón.
En ese momento me encontraba hospitalizado. La publicación me cayó como un balde de agua fría. No solo por las circunstancias personales que atravesaba, sino porque jamás orquestamos una campaña de esa naturaleza, pese a que esa era la narrativa que se pretendía instalar sobre nuestro trabajo periodístico.
El señalamiento trascendió el ámbito local y llegó a una plataforma nacional. Sin embargo, desde nuestra perspectiva, la acusación contra el medio carecía de sustento.
Sé lo que significa que te atribuyan algo que aseguras no haber hecho. Entiendo la indignación que puede provocar una acusación que consideras injusta y el daño que puede ocasionar cuando se reproduce sin que exista una demostración suficiente de los hechos.
Por eso puedo ponerme en los zapatos del senador cuando sostiene que ha sido objeto de ataques. Nadie debería ser condenado mediáticamente por una acusación que no ha sido acreditada. Las diferencias políticas no justifican fabricar culpables ni convertir las sospechas en verdades.
Pero también hay una diferencia importante entre su situación y la mía: yo no me dedico a la política ni aspiro a gobernar Michoacán. Morón, en cambio, es un actor público que busca mantener su peso político y que, por lo mismo, debe asumir un escrutinio mucho mayor sobre sus decisiones y las de su equipo.
Si los señalamientos de una supuesta guerra sucia contra su proyecto tienen el mismo sustento que los que se hicieron contra nuestro medio, entonces lo mínimo exigible es que se presenten pruebas y se deslinden responsabilidades con claridad.
La política no puede convertirse en un espacio donde cualquier derrota se explique mediante conspiraciones y cualquier crítica se descalifique como un ataque.
Al final, la pregunta para Morón no es solamente si está conforme con la encuesta. Es si está dispuesto a revisar lo que ocurrió, reconocer las decisiones que pudieron perjudicarlo y distinguir entre una acusación sin pruebas y una crítica política legítima.
Porque si el 14 de septiembre dijo que Torres Piña le había ganado “a la buena”, hoy tiene que explicar qué cambió.
En política, perder no siempre significa tener la razón en contra. A veces, también significa que llegó la hora de mirar hacia adentro.




