Por Leopoldo González
Aunque pueda parecer extraño, pues el mundo sigue dominado por las etiquetas ideológicas tradicionales, es más lo que me aleja de la derecha que lo que me acerca a ella: por tanto, hablando con rigor, no soy ni de derecha ni de ultraderecha.
Lo curioso es que tampoco tengo coincidencias, ni históricas ni ideológicas, con la izquierda marxista clásica, con la izquierda contemporánea ni con la que se hace llamar izquierda en México, pero que es en realidad una pandilla de rufianes.
Soy un liberal que cree y defiende no sólo la dignidad de la persona, sino los derechos y las libertades fundamentales del hombre.
Creo en el liberalismo constitucional y democrático, porque busca la igualdad no como una utopía sino como estándar de justicia, y porque lejos de temerle a la libertad procura y defiende un clima de libertades para todos.
El fenómeno que vive el mundo y América Latina, el de una justificada separación y superación crítica de la ideología socialista y las experiencias de izquierda, es muy alentador porque indica que no todo está perdido y que aún tenemos derecho a la esperanza.
El domingo pasado hubo elecciones en Brasil. Luis Inácio Lula da Silva ha sido el hombre fuerte de la izquierda ahí, tanto, que su apogeo y popularidad coinciden con el mejor momento del Partido de los Trabajadores (PT) y con el retorno y empoderamiento de varios populismos de izquierda en Latinoamérica.
El Foro de Sao Paulo y su extensión a Porto Alegre, que generaron el trazo y la ruta para el ascenso al poder de las izquierdas en América Latina, fueron obra de Lula da Silva y Fidel Castro, que convocaron a varios líderes de izquierda del continente a diseñar una estrategia eficaz para la toma del poder desde las urnas. Les funcionó, y por eso América Latina tiene, desde el golpe electoral de Chávez en 1998 en Venezuela, poco más de un cuarto de siglo de experiencias populistas en el poder.
En dos décadas, Latinoamérica se convirtió en un continente oscuro: el continente del populismo autoritario. Esas experiencias, ahora, parecen estar llegando a su fin.
El domingo anterior, el triunfo de Flavio Bolsonaro en las urnas, en una primera vuelta que le dio más de dos puntos de ventaja porcentual frente a Lula da Silva, parece haber cerrado un ciclo de apogeo del populismo de izquierda en América Latina. Por las alianzas que ya teje el Partido Liberal (PL) rumbo a la segunda vuelta, es probable que Brasil deje de ser, durante un buen tiempo, la más exitosa experiencia de poder del izquierdo-populismo en América Latina.
Ya antes, El Salvador y Honduras, que vivieron procesos electorales semejantes, dijeron no a las tentativas y experimentalismos de la izquierda populista, corriéndose a la derecha y al centro-derecha.
Como experimentos de esta hibridización de izquierda que es el populismo, el Ecuador de Rafael Correa y la Bolivia de Evo Morales fueron experiencias fallidas y desastrosas. Ambos países, hoy, no son el paraíso en la tierra, pero son algo menos peor de lo que la izquierda intentó con ellos.
Argentina abandonó el populismo de los Kitchner y sometió a juicio histórico y jurídico a una generación de burócratas vividores del poder y del fanatismo de izquierda. Lo mejor de la época actual quizás no está en Milei, sino en que el país de la plata dijo adiós al viejo y falso ilusionismo de izquierda.
Chile hizo lo propio este año con el ilusionismo fanatizante de su izquierda y, en un histórico golpe de timón, recuperó la centenaria tradición del liberalismo democrático en sus calles y en el ejercicio del poder.
Más recientemente, Colombia selló la derrota de la izquierda populista en las urnas, cuyo fracaso en el poder golpea todavía hoy a los colombianos, y regresó a la senda de un liberalismo democrático de tipo conservador, al que reconstruir el país le va a costar mucho esfuerzo, estoicismo, imaginación y angustia.
El desencanto y hartazgo hacia la izquierda populista ha producido un despertar en ocho pueblos de Latinoamérica, que, con las solas excepciones de Cuba y Nicaragua, han decidido plantar cara a la ideología socialista para hacerse cargo de su propio destino.
Así, al experimento populista de la 4t en México, le queda como único camino la soledad histórica y la falta de correas de transmisión para cimentar su permanencia en el poder, con una economía que no crece y un desencanto ciudadano cada vez más creciente y explosivo.
Quizás el principio del fin del experimento populista en México esté próximo, más por su fracaso e incapacidad para gobernar que por la visión estratégica de una oposición que no halla la punta a la madeja.
Pisapapeles
La gran incógnita de hoy es si el futuro de México apunta al mañana o, por el contrario, a una abrupta actualización del pasado en el presente.
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