POR: DIEGO DONALDO CHÁVEZ PALMERÍN
COLUMNA: EL ÚLTIMO LLAMADO.
EL SÍNDROME DEL HEREDERO .
¿Quién viene después? Momento particularmente incómodo para cualquier gobernante.
No ocurre al entregar la banda presidencial, abandonar un palacio de gobierno o concluir formalmente un mandato. Ocurre mucho antes, ocurre cuando aparece un nombre capaz de concentrar expectativas, reunir grupos y comenzar a recibir lealtades que hasta entonces pertenecían al poder vigente. (leer 3 veces)
Es el síndrome del heredero.
La historia política está llena de gobernantes que descubrieron demasiado tarde una regla elemental, nombrar sucesor resuelve una incertidumbre, pero inaugura otra.
En México se conoce perfectamente el fenómeno, Plutarco Elías Calles creyó haber encontrado una fórmula para conservar influencia después de abandonar la Presidencia, “El Maximato”. Este terminó cuando el General Lázaro Cárdenas demostró que un Presidente con poder propio difícilmente acepta compartirlo indefinidamente con quien lo antecedió (¿El poder se comparte?).
El PRI convirtió después la sucesión en uno de los mecanismos más sofisticados de su sistema político, el famoso “tapado”, lo cual no era únicamente folclor.
Mientras nadie supiera con certeza quién sería el elegido, todos dependían del Presidente; cuando aparecía el sucesor, comenzaba inevitablemente la transferencia de lealtades.
Daniel Cosío Villegas entendió buena parte de aquella lógica al estudiar un sistema en el que la Presidencia y el partido funcionaban como piezas centrales de la transmisión del poder. El secreto no consistía solamente en elegir al siguiente, sino en evitar que la sucesión destruyera la autoridad de quien todavía gobernaba.
En la actualidad los entes políticos enfrentan ahora su propia versión del problema.
Ante los escenarios y nombramientos actuales, normalmente todavía no estamos ante una candidatura constitucional; políticamente, sin embargo, los nombramientos ya comenzaron a producir reuniones, respaldos, inconformidades, reacomodos y nuevas lealtades; nada extraordinario, efectos habituales de una sucesión. Es la política haciendo lo que siempre hace.
El error sería pensar que el fenómeno pertenece exclusivamente a un movimiento, prácticamente cualquier organización que haya ejercido poder conoce esa tensión.
Las sucesiones comúnmente revelan algo que las victorias suelen ocultar, los partidos pueden compartir proyecto, pero sus dirigentes también administran ambiciones, no es de espantarse.
Maquiavelo entendió que conquistar el poder es apenas una parte del problema, conservarlo exige administrar lealtades, ambiciones y rivalidades. La sucesión pone a prueba precisamente ese equilibrio. No se trata solamente de elegir a quien sigue, sino de saber quiénes conservarán sus espacios, quiénes perderán influencia y quiénes comenzarán a buscar acomodo cerca del nuevo centro de poder, ahí está la verdadera batalla.
Un heredero necesita demostrar cercanía con el gobernante para reclamar continuidad, pero también necesita construir suficiente autonomía para demostrar que puede gobernar. Si se aleja demasiado pronto, parece desleal, si permanece demasiado cerca, corre el riesgo de parecer subordinado.
El gobernante enfrenta la paradoja contraria: necesita impulsar una continuidad que proteja su legado, pero sabe que cada espacio que gana su sucesor reduce, inevitablemente, la centralidad del poder que todavía ejerce.
Por eso las fotografías empiezan a importar, las ausencias se interpretan, los respaldos adquieren precio y quienes ayer competían comienzan a descubrir las virtudes de la unidad.
17 entidades apenas están entrando en esa etapa.
La cuestión no es únicamente quién aparecerá en la boleta de 2027. La premisa más interesante es qué ocurrirá durante los próximos meses con quienes también imaginaron que podían ocupar ese lugar y, sobre todo, cómo administrará el gobierno una sucesión que políticamente comienza antes de que termine el sexenio.
El poder tiene una peculiaridad, nadie quiere abandonarlo antes de tiempo y nadie quiere llegar tarde a recogerlo. Ahí nace el síndrome del heredero.
El problema de toda sucesión no comienza cuando aparece quien puede heredar el poder; comienza cuando los demás empiezan a comportarse como si ya lo hubiera heredado. (leer tantas veces como sea necesario)




