Por: Fany Santiago
América Latina vuelve a encontrarse frente a una disputa política que trasciende las fronteras de cada nación: el fortalecimiento de las derechas, el reacomodo de las izquierdas y la influencia de los grandes intereses geopolíticos sobre una región que históricamente ha defendido su derecho a decidir su propio destino.
Brasil, con Luiz Inácio Lula da Silva, representa hoy uno de los principales referentes de la izquierda latinoamericana. Su liderazgo ocurre, sin embargo, en un escenario regional donde las fuerzas conservadoras han recuperado terreno, capacidad electoral y presencia política.
Y aquí vale la pena detenernos.
Porque más allá de las simpatías ideológicas, existe una pregunta que América Latina no puede seguir esquivando: ¿quién está definiendo el rumbo político de nuestros países?
La respuesta debería ser contundente: sus pueblos.
La soberanía no debería tener colores partidistas.
Defenderla significa reconocer el derecho de cada nación a elegir libremente a sus gobiernos, construir sus instituciones y definir su modelo de desarrollo sin presiones, imposiciones o condicionamientos externos.
Estados Unidos es, sin duda, un actor fundamental en la geopolítica del continente. Existen intereses económicos, comerciales, migratorios y de seguridad que hacen inevitable la relación con Washington.
Pero una relación estratégica no debe confundirse con subordinación.
América Latina puede cooperar con Estados Unidos y con el resto del mundo sin renunciar a su capacidad de decidir.
Sin embargo, sería demasiado sencillo —y también equivocado— explicar el fortalecimiento de las derechas latinoamericanas únicamente desde la influencia estadounidense.
Las izquierdas también tienen que hacer su parte. Y aquí está quizá la conversación más incómoda.
No basta con defender una ideología. Hay que profesionalizarla.
Las izquierdas necesitan fortalecer y priorizar la formacion de cuadros y perfiles, el encauzamiento de los liderazgos, preparar gobiernos, construir propuestas, renovar liderazgos y, sobre todo, volver a escuchar a una ciudadanía que ha cambiado y trabajar día a día con ella, se la mano.
Porque cuando una izquierda se encierra en sus propias estructuras, se desgasta en disputas internas o deja de responder a las preocupaciones cotidianas de la gente, abre espacios que otros actores políticos ocupan.
La política contemporánea exige mucho más que buenos discursos: exige resultados.
Exige capacidad de gobierno.
Exige preparación.
Y exige entender que las nuevas generaciones no votan únicamente por etiquetas ideológicas: votan por oportunidades, por cerezas, por cambios, por la seguridad, empleo, educación, movilidad, bienestar y futuro.
Por eso, fortalecer a las izquierdas latinoamericanas no significa blindarlas frente a la crítica.
Todo lo contrario.
Significa hacerlas más democráticas, más profesionales y más capaces de responder a los desafíos de sus sociedades.
También significa entender que la unidad no puede construirse alrededor de una persona, sino alrededor de un proyecto.
Las izquierdas que quieran mantenerse competitivas tendrán que superar el personalismo, la improvisación y las divisiones internas. Tendrán que aprender a compartir el tablero, formar nuevas generaciones y entender que ninguna elección se gana únicamente desde las dirigencias.
Se gana en el territorio.
Se gana escuchando.
Se gana gobernando con resultados.
Y se gana convenciendo con honestidad.
En este escenario, México tiene una responsabilidad particular.
Nuestro país debe mantener relaciones internacionales basadas en respeto, cooperación y reciprocidad. Podemos tener una relación profunda con Estados Unidos sin permitir que esa cercanía determine nuestras decisiones políticas internas.
La defensa de la soberanía tampoco puede convertirse en una bandera vacía.
Se demuestra fortaleciendo las instituciones, respetando la democracia, defendiendo la autodeterminación y construyendo un Estado capaz de responder a sus ciudadanos.
Porque una nación vulnerable institucionalmente es mucho más susceptible a cualquier presión externa.
Por eso el desafío para las izquierdas latinoamericanas es doble: defender la soberanía hacia afuera y fortalecer la democracia hacia adentro.
No se trata de cerrar las puertas al mundo.
Se trata de relacionarnos con él desde una posición de dignidad.
No se trata de impedir que las derechas compitan, se trata de marcar una diferencia enorme ante ellas por falta de resultados y certezas para el pueblo.
Se trata de construir izquierdas suficientemente fuertes para competir democráticamente y convencer a la ciudadanía con resultados.
América Latina no necesita que Washington, Moscú, Pekín o cualquier otra potencia decida por ella.
Necesita pueblos libres para elegir.
Instituciones capaces de sostener esas decisiones.
Y fuerzas políticas suficientemente profesionales para estar a la altura de sus sociedades.
Porque la soberanía no se defiende solamente con discursos.
Se defiende con democracia, con instituciones y con la capacidad de decidir nuestro propio destino.
Y quizá ese sea hoy el gran reto de las izquierdas latinoamericanas: fortalecerse sin cerrarse, profesionalizarse sin perder sus causas, renovarse sin renunciar a sus principios y gobernar de tal manera que la ciudadanía vuelva a encontrar en ellas una opción de futuro.




