La operación cicatriz de Carlos Torres Piña.

Por Javier Robledo | Sala de Prensa Michoacán.

En política, ganar una encuesta no siempre es la parte más complicada.

A veces, el verdadero desafío comienza justo después de conocer el resultado.

Carlos Torres Piña ya tiene la definición de Morena en la mano: el pasado 14 de septiembre fue presentado formalmente como coordinador estatal de la Defensa de la Transformación y la Soberanía Nacional en Michoacán, luego del proceso interno realizado por el partido y de los ejercicios demoscópicos que acompañaron la decisión.

La dirigencia nacional, encabezada por Ariadna Montiel, confirmó su designación en un acto celebrado en la Ciudad de México.
Pero si algo ha demostrado la política michoacana en los últimos años es que una victoria interna no significa automáticamente la construcción de una candidatura competitiva ni, mucho menos, la unidad de una fuerza política.

Y ahí aparece la palabra clave de esta nueva etapa: UNIDAD.

Torres Piña llega a esta responsabilidad con una trayectoria que le permite conocer distintas áreas de la administración pública y la operación política. Fue secretario de Gobierno en dos periodos con la administración del Gobernador Alfredo Ramírez Bedolla primero entre 2021 y 2023 y posteriormente a partir de junio de 2024 y en julio de 2025 fue nombrado fiscal General del Estado.
Es decir, no llega a la coordinación desde cero.

Llega con experiencia administrativa, conocimiento territorial y una relación política construida durante muchos años con distintos actores del estado.
Sin embargo, ahora enfrenta un escenario diferente.

El verdadero reto comienza después de la encuesta
La definición de Morena dejó fuera de la primera posición a varios perfiles que aspiraban a encabezar el movimiento rumbo a 2027. Entre ellos se encontraba Raúl Morón Orozco, uno de los políticos con mayor trayectoria dentro de la izquierda michoacana y un actor con presencia propia en amplios sectores del estado.

Por eso, más que hablar de vencedores y vencidos, la siguiente etapa debería observarse bajo una lógica distinta: cómo se recompone el tablero interno después de una competencia política intensa.

Y aquí Carlos Torres Piña tiene probablemente su principal prueba.
El propio Torres Piña ha planteado públicamente que la nueva coordinación no debe entenderse como el triunfo de una sola persona o de un grupo, sino como una responsabilidad para construir unidad. También ha hablado de hacer equipo con quienes participaron en el proceso.

El mensaje tiene importancia porque entre los participantes no sólo está Raúl Morón. También estuvieron perfiles como Fabiola Alanís, Gabriela Molina, Gladyz Butanda, Celeste Ascencio, Ana Lilia Guillén, Ernesto Núñez Aguilar y otros cuadros con distintas trayectorias y redes políticas.

La dirigencia estatal de Morena hizo un reconocimiento público a todos ellos después de la definición.
La operación cicatriz, entonces, no consiste únicamente en tomarse una fotografía juntos.
Consiste en convertir una competencia interna en una estructura política capaz de trabajar conjuntamente.

Morón: la pieza que no puede ignorarse
Raúl Morón Orozco merece un capítulo aparte.
Su trayectoria dentro de la izquierda michoacana es conocida y su presencia electoral no puede reducirse al resultado de una encuesta.

El senador con licencia llegó a este proceso con una estructura política propia y con un nivel de conocimiento importante entre los michoacanos.
Las mediciones previas a la definición mostraron precisamente una competencia cerrada entre ambos perfiles, aunque con resultados diferentes dependiendo de la casa encuestadora y de la metodología.

Por ejemplo, una medición de Massive Caller difundida en julio reportó 52.1 por ciento de conocimiento para Torres Piña y 50.2 por ciento para Morón.
Otra medición publicada por AIMSA-Quadratín, levantada entre el 26 y el 31 de agosto con 3 mil 850 entrevistas, registró a Torres Piña con 29 por ciento de preferencia, frente a 18 por ciento de Morón.

Pero también hubo ejercicios en los que la diferencia fue mucho menor. Por ejemplo, Rubrum había registrado en julio 28.9 por ciento para Torres Piña y 24.7 por ciento para Morón.
Los números muestran algo importante: no existía un escenario político de un solo participante. La competencia fue real y Morón llegó a la etapa final con un peso político que explica por qué su comportamiento después de la definición resulta fundamental para Morena.

El 14 de septiembre, Morón acudió al acto de presentación de Torres Piña y, de acuerdo con sus declaraciones a La Jornada, reconoció el resultado y señaló que no participaría en los próximos comicios.

Ese gesto político tiene un valor propio.
Ahora corresponde ver si esa disposición se transforma en una relación política estable y, sobre todo, si el nuevo coordinador encuentra la manera de incorporar el capital político de Morón sin pretender desaparecer sus diferencias.
Porque una cosa es la unidad partidista y otra muy distinta la uniformidad.

Torres Piña necesita a Morón y Morón necesita preservar su capital político.
Aquí está, quizá, la parte más delicada de la operación cicatriz.
Carlos Torres Piña no necesita que Raúl Morón deje de ser Raúl Morón.

Lo que necesita es que las diferencias internas no terminen convirtiéndose en una fractura electoral.
Y Morón, por su parte, tiene ante sí la posibilidad de mantener el peso político que ha construido durante años, independientemente de que la definición de Morena no le haya favorecido en esta ocasión.

En política, los capitales no desaparecen porque una encuesta termine. Se transforman.
El reto para Torres Piña será generar interlocución con todos los grupos, particularmente con aquellos que acompañaron a Morón durante el proceso, y evitar que la definición sea interpretada como una exclusión definitiva de determinadas expresiones dentro del movimiento.

La fotografía del 14 de septiembre puede ser el principio de esa operación, pero no es la operación misma.
Los números obligan a mirar más allá de Morena.

Hay otro elemento que no debe perderse de vista.
Algunos estudios publicados durante los meses previos muestran que Morena mantiene una posición relevante en la competencia política michoacana, aunque las cifras varían según la metodología y la fecha de levantamiento.

Una encuesta de Electoralia realizada entre el 5 y el 9 de julio, con 2 mil 500 entrevistas y 95 por ciento de confianza estadística, reportó 34 por ciento de intención para Morena, frente a 22 por ciento para el llamado Movimiento del Sombrero, 10 por ciento para el PAN y 6 por ciento para el PRI.

Pero sería un error político convertir una fotografía demoscópica de 2026 en una garantía para 2027.
La elección todavía está adelante y el escenario puede cambiar.
Por eso, la discusión dentro de Morena no debería agotarse en quién ganó una medición interna, sino en qué capacidad tendrá el movimiento para conservar cohesión, organización territorial y capacidad de diálogo con distintos sectores de Michoacán.

La política del “no dejar a nadie fuera”
Torres Piña ha utilizado una frase que puede convertirse en la columna vertebral de esta nueva etapa: no dejar fuera a ningún talento.

En el contexto de una competencia interna con varios aspirantes, esa definición adquiere especial relevancia.
Porque si Morena pretende llegar fortalecido a 2027, necesitará convertir las distintas expresiones que participaron en el proceso en activos políticos, no en adversarios permanentes.

Ahí caben los equipos de Morón, de Fabiola Alanís, de Gabriela Molina, de Gladyz Butanda, de Celeste Ascencio y de los demás participantes.

No significa que todos piensen igual.
Significa entender que una organización política puede contener diferencias y, al mismo tiempo, establecer reglas para competir, colaborar y tomar decisiones.

El reto también está fuera de Morena
El tablero michoacano no termina en las diferencias internas de Morena.
La oposición y las nuevas expresiones políticas que buscan ocupar espacios en el estado tendrán su propia estrategia rumbo a 2027.

Por eso, si Morena pretende mantener cohesión, necesitará resolver primero sus propios asuntos internos.
La vieja política de la confrontación permanente puede ser rentable para generar titulares, pero la gobernabilidad de una fuerza política exige algo distinto: diálogo, acuerdos y capacidad para sumar.
Carlos Torres Piña tiene ahora esa responsabilidad.

Ganó el proceso interno y eso está documentado.
Lo que todavía tiene que construir es algo más complejo: una nueva mayoría política dentro de Morena Michoacán que sea capaz de reconocer el liderazgo que obtuvo en las encuestas sin desconocer la fuerza y la trayectoria de quienes participaron con él.

Y en ese terreno, Raúl Morón Orozco no es un actor secundario.
Es, por su trayectoria, por su estructura política y por el resultado que obtuvo durante el proceso, una de las piezas centrales de cualquier conversación sobre la unidad interna del movimiento.

La cicatriz no se tapa: se cierra
Quizá por eso la llamada “operación cicatriz” no debería entenderse como un reparto de posiciones ni como una fotografía para los medios.

Una cicatriz política se cierra cuando las partes entienden que la competencia terminó y comienza una nueva etapa.
Carlos Torres Piña tiene la oportunidad de demostrar su capacidad de operador político no solamente ganando una encuesta, sino construyendo acuerdos después de ella.

Raúl Morón, por su parte, tiene frente a sí el desafío de preservar su trayectoria y su capital político dentro de una nueva correlación de fuerzas.
Uno tiene el resultado.
El otro conserva una historia política que nadie puede borrar con una encuesta.

Y Michoacán necesita que ambas realidades encuentren un punto de encuentro.
Porque la elección de 2027 todavía no empieza formalmente.
Lo que sí empezó ya es la construcción política que habrá de llegar hasta ella.

La verdadera operación cicatriz, pues, apenas comienza.

Javier Robledo
Sala de Prensa Michoacán

whatsapp

Deja un comentario