POR: DIEGO DONALDO CHÁVEZ PALMERÍN
EL ÚLTIMO LLAMADO
LA COLONIZACIÓN DEL INE.
Hay instituciones que no desaparecen cuando pierden su autonomía. A veces ocurre algo más sutil, conservan sus edificios, sus facultades, sus consejeros y hasta el lenguaje de la independencia, pero comienzan a operar cada vez más cerca de la lógica del poder que deberían contener.
La historia electoral mexicana obliga a tomar en serio esa posibilidad.
En 1988, la elección presidencial terminó convertida en una crisis de legitimidad. La “caída” del sistema no fue solamente una falla técnica, fue evidencia los límites de un modelo electoral en el que el gobierno tenía una participación decisiva en la organización de los comicios; Dos años después nació el IFE. En 1996 llegó una reforma fundamental, donde el Poder Ejecutivo dejó de tener representación en el órgano superior electoral y se fortaleció la autonomía de la autoridad electoral. Un año después, el PRI perdió por primera vez la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados y en el año 2000, México vivió la primera alternancia presidencial de la era moderna.
Nada de aquello ocurrió por generación espontánea, fue consecuencia de una construcción institucional.
En 2014, el IFE se transformó en INE y adquirió carácter nacional. La democracia mexicana había aprendido una lección elemental, quien compite por el poder no puede ser, al mismo tiempo, quien organiza las reglas de la competencia.
Por eso el presente merece atención.
El pasado 10 de septiembre comenzó el proceso electoral 2026-2027. Están en juego más de 19 mil cargos públicos y la renovación de la Cámara de Diputados. En la ceremonia de apertura estuvo la secretaria de Gobernación, una presencia que generó cuestionamientos precisamente por la historia que existe detrás de la autonomía electoral.
Que una secretaria de Estado acuda a un acto del INE no demuestra, por sí mismo, que exista una subordinación, sería una conclusión sin sustento, pero tampoco deberíamos cometer el error contrario, el de creer que las instituciones sólo pierden autonomía cuando una ley cambia.
La “colonización institucional” comienza antes.
Comienza cuando el árbitro adopta los códigos del equipo que debería vigilar; cuando la distancia entre gobierno y autoridad electoral deja de parecer necesaria; cuando una institución constitucionalmente autónoma empieza a ser juzgada no por la calidad de sus decisiones, sino por su cercanía o distancia con el poder dominante en turno.
México tardó décadas en sacar la organización electoral de la órbita gubernamental.
Sería una paradoja histórica que, después de construir al árbitro, terminemos acostumbrándonos a verlo sentado en la misma mesa que los jugadores.
La autonomía del INE no es un privilegio de sus consejeros, es una garantía para quien gane y, sobre todo, para quien pierda.
Por eso la pregunta no es todavía si el INE fue colonizado, la pregunta verdaderamente importante es cuánto estamos dispuestos a permitir antes de que ya no sea posible distinguir al árbitro de los jugadores.




