DIEGO DONALDO CHÁVEZ PALMERÍN.
COLUMNA: EL ÚLTIMO LLAMADO.
LA POLÍTICA SIN MEMORIA.
Creer que cada gobierno inaugura una nueva etapa de la historia, es una costumbre profundamente mexicana. Cambian los colores, los discursos y las prioridades; con frecuencia también se intenta cambiar la memoria. Lo que hizo el anterior deja de servir, aunque haya funcionado.
Pocas decisiones salen tan caras como gobernar desde el olvido.
Luis González y González advertía que los pueblos sin memoria terminan explicando el presente como si todo hubiera comenzado ayer. En política pasa algo parecido, cada administración que ignora las lecciones de quienes la precedieron corre el riesgo de repetir los mismos errores con distintos protagonistas.
Las instituciones no nacen cada seis años. Se construyen lentamente, acumulan experiencia y aprenden, incluso, de sus fracasos. Cuando esa continuidad se rompe por razones ideológicas o políticas, el Estado vuelve a empezar donde ya había avanzado.
Gobernar también significa reconocer que ninguna generación tiene todas las respuestas. La experiencia heredada no limita el cambio, lo hace más inteligente.
Los países que logran transformaciones duraderas no son los que cambian de rumbo con cada elección, sino los que conservan lo que funciona, corrigen lo que falla y entienden que el poder es pasajero, pero las instituciones deberían permanecer.
La política puede vivir de la coyuntura, los Estados, jamás. La memoria no impide avanzar, evita caminar en círculos.




