Por Leopoldo González
Lo que dicen las palabras dice y describe al hombre, y sirve también para nombrar a una época y a una sociedad.
Todos los cambios que vive una sociedad, sean buenos, mixtos o malos, tienen como antecedente generador lo que ocurre y se agita en su lenguaje.
Las lenguas que se hablan en los distintos países son el mejor indicador de la salud y vitalidad de su cultura, pero, asimismo, son también un indicio de la fortaleza y consistencia de su visión de la política y la economía.
Así, por ejemplo, puede decirse que el castellano que hablamos en México, reconocido como uno de los más puros y limpios que se hablan en el mundo hispanopensante e hispanohablante, debe su fuerza y frescura a tres factores clave: la evolución histórica de la horma de su origen; la magia plural de su cultura y la tendencia juguetona a innovar, a crear giros verbales inesperados y a acuñar divertimentos lingüísticos en quienes lo hablamos.
La fuerza y original plasticidad del castellano que hablamos en México no viene de sus élites, sino de la sociedad. El castellano de las élites en México tiene una tiesura de almidón y formol, en tanto que el castellano social y el de la jerga popular tiene la creativa elasticidad del chicle; tiene el encanto del arrabal porque es fiel a su raíz; es divertido y juguetón porque lo que aprieta el alma busca su cauce y su salida y, finalmente, es pícaro porque el alma de México compensa sus pérdidas y sus déficits en la plenitud de lenguaje.
Un albañil, un carpintero, un hojalatero y un mecánico, quizás pueden robustecer más el castellano de la banqueta y la calle, que un profesor universitario en el aula.
“Una cosa es Juan Domínguez y otra la mamá de Tarzán”, es una expresión que se usa en México para regañar a alguien por un exceso, o para evitar y resolver una comparación extralógica y sin sentido.
El castellano que se habla en México, más puro y castizo que el de cualquier otro país hispanosintiente e hispanohablante, es un espectáculo verbal al que concurren la magia del doble sentido, los giros propios de la picardía mexicana y la infralingüistica de cantina que se abre paso en el subsuelo de México.
Ahora bien, el caló o la jerga relacionada con asuntos criminales del “malamén”, también es pródiga en metáforas felices alusivas a ese mundo y en entrelíneas que deslumbran por su manufactura e imaginación.
Hace días, cuando los nombres de Ismael “El Mayo” Zambada García, Rubén Rocha Moya y el solitario de Palenque se pusieron de moda, alguien echó a correr un divertido juego de palabras (que mucho le agradecemos), con meme gráfico incluido, para insinuar que a alguien en el Sureste le estaban temblando las corvas y algo más: Lo describió así: “El Mayo, el Moya y el Mello”.
En este México que nos tocó vivir, poco agraciado en cuanto a cosas graciosas y medio en desgracia por la cantidad de desgracias sin cuento que sobrepueblan nuestro país, es menester ponerle un saborcito de ironía y sarcasmo a lo que vivimos, para no terminar siendo un pueblo mustio y agrio, saturado de agruras y negruras: la síntesis perfecta de un desencanto nacional.
Si hubiera que hacer una radiografía instantánea de México, en este preciso instante, tendríamos que decir que nuestro país se halla atorado y entrampado entre tres canciones: “Pero qué necesidad”, de Juan Gabriel, “Siempre vendrán tiempos mejores”, de Yury, y “¿A dónde vamos a parar?”, del Buky.
En la canción de Juan Gabriel cabe un 25% de la población nacional, un cuarto de país que entre el puchero y el sollozo todavía se pregunta: ¿Pero qué necesidad de llegar a esto, a esta situación de crisis e incertidumbre nacional que tanto nos afecta? Es la canción y la pregunta de los arrepentidos y los desencantados. Quizás sean más, pero dejémoslo en el 25 por ciento.
La canción de Yury puede aplicar a quienes no son tan escépticos y pesimistas, y pese a todo creen contra las negruras de la realidad que México puede ser rescatado de manos sucias e ineptas y seguir adelante.
La canción del Buky, “¿A dónde vamos a parar?”, tiene el mismo tono lamentativo y de desazón que la de Juan Gabriel, aunque en ella caben tres cuartas partes de México. Es la canción del hartazgo y el desencanto de todo un país: la síntesis perfecta de un México negro.
Hace falta que alguien escriba semillas para un himno, o incluso una canción que haga renacer la fe y la esperanza en un México distinto: “Cuando cantas, yo canto por tu libertad”, los versos con que Giussepe Verdi logró el levantamiento y la reunificación de Italia en el siglo XVIII.
Pero esa canción de esperanza o ese himno a la libertad, no puede ser obra aislada de un hombre sino obra colectiva y luminosa de un pueblo. Ese pueblo puede escribir esa historia de esperanza con coraje, participación y votos. La fecha: 2027.
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