Cuando los políticos caen gordos

El observador global

Cuando los políticos caen gordos

Por: Richard Guevara Cárdenas

Cada Mundial de Fútbol produce el mismo fenómeno. Políticos, gobernantes y funcionarios públicos de todos los países intentan subirse a la enorme ola emocional que genera el torneo más importante del planeta. Se ponen la camiseta de la selección, publican fotografías desde los estadios, celebran goles en redes sociales y buscan asociar su imagen a una pasión capaz de movilizar sentimientos, identidades y conversaciones como pocas cosas en el mundo. La lógica parece sencilla: si millones de personas aman el fútbol, quien logre vincularse a esa emoción también obtendrá simpatía y aprobación.

Sin embargo, la política digital ha cambiado las reglas del juego. Hoy vivimos en una época donde las audiencias detectan con rapidez la autenticidad y también el oportunismo. Las redes sociales han convertido a millones de ciudadanos en observadores permanentes del comportamiento público. Todo se ve, todo se compara y todo se evalúa en tiempo real. Por eso, cuando un político intenta apropiarse de una emoción colectiva para obtener beneficios personales, el efecto suele ser exactamente el contrario al que busca. En lugar de parecer cercano, parece oportunista. En lugar de conectar, satura. En lugar de generar empatía, termina generando rechazo.

En México existe una expresión muy precisa para describir ese fenómeno: “caer gordo”. El político se vuelve pesado porque aparece en todas partes. Quiere ser protagonista del partido, del gol, de la celebración y hasta de la derrota. Olvida que la gente está viendo fútbol, no una campaña electoral. Lo paradójico es que mientras algunos equipos de comunicación diseñan complejas estrategias para capitalizar el entusiasmo mundialista, la conversación pública suele tomar caminos inesperados.

La mejor prueba de ello es que, en pleno Mundial, una de las figuras más queridas y comentadas en redes sociales no es un político, ni un funcionario, ni un gobernante. Es Merlín, un tierno pato que se convirtió en sensación viral de la Copa del Mundo. Acompañando a su dueña en la venta de agua y caminando por Paseo de la Reforma con la camiseta de la Selección Mexicana, logró conquistar el corazón de miles de aficionados. Merlín no tiene asesores de imagen, no publica mensajes estratégicos, no intenta capitalizar emociones colectivas y, por supuesto, no busca votos. Simplemente es auténtico.

Y ahí está la lección que muchos políticos siguen sin comprender. Mientras algunos intentan fabricar cercanía, un pato la genera de manera espontánea. Mientras unos calculan cada fotografía y cada publicación, otros conectan con la gente sin proponérselo. La autenticidad tiene una fuerza que ninguna estrategia puede sustituir.

El fútbol no regala popularidad y mucho menos votos. Ponerse una camiseta, asistir al estadio o grabar un video celebrando un gol no modifica la percepción que los ciudadanos tienen sobre la capacidad para gobernar, la honestidad o los resultados de un dirigente. La popularidad prestada dura muy poco; la credibilidad se construye con coherencia y resultados.

Por eso, quienes hoy ocupan posiciones de poder deberían entender una verdad elemental de la comunicación política moderna: la ciudadanía ya no premia la actuación, premia la autenticidad. Y cuando percibe que alguien intenta utilizar una emoción colectiva para promoverse, la respuesta suele ser inmediata. En tiempos de redes sociales, nada resulta más difícil de ocultar que la falta de autenticidad. Por eso, mientras algunos políticos siguen intentando colgarse de la pasión mundialista, un pato llamado Merlín les está dando una clase magistral de comunicación.

Richard Guevara Cárdenas
Consultor político | Estrategia, comunicación y posicionamiento político

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