Por: Karla Carrera.
La pregunta no es quién va arriba en las encuestas. La pregunta es cuándo fue la última vez que la clase política salió de su burbuja para mirar la realidad de la gente.
Porque mientras unos y otros se disputan la candidatura de 2027, Michoacán sigue esperando respuestas a problemas mucho menos glamorosos que una encuesta.
Como en aquellos tiempos independentistas, hoy en pleno 2026 quienes suspiran por encabezar la candidatura del 27 presumen tener la cabeza real de Morelos; es decir, la ventaja definitiva sobre sus rivales. Todos se dicen arriba en las encuestas. Todos aseguran ser la mejor opción. Todos se sienten ya en la antesala del poder.
La clase política michoacana anda como quinceañera de rancho: alborotada organizando la fiesta grande.
Pero, ¿qué culpa tiene Michoacán y su gente de esta carrera anticipada que cada vez exhibe más la desconexión de quienes dicen representarlos?
Mientras nuestros políticos y servidores públicos viven entre declaraciones mediáticas, reuniones en restaurantes para “dialogar” y “construir acuerdos”, recorridos territoriales en Suburban y fotografías cuidadosamente calculadas para redes sociales, la gente real sigue esperando que alguien deje la pose, se remangue la camisa y le entre de lleno a resolver problemas, no solamente a administrarlos.
Mientras ellos se pelean por encuestas, candidaturas y posiciones; mientras aclaran chismes o responden ataques a golpe de declaración, la gente real —la que no tiene fuero, la que paga sus comidas sin cargarlas al erario, la que no viaja con escoltas ni séquitos de ayudantes— sigue enfrentando la misma realidad de siempre.
Porque hay algo que resulta cada vez más evidente: la clase política le habla a la clase política. Conversa con ella, debate con ella, se pelea con ella y se aplaude entre ella. La ciudadanía, la que sostiene con sus impuestos el funcionamiento de las instituciones, suele quedar fuera de la conversación.
Y quizá ahí está el problema de fondo. Que muchos de nuestros políticos viven rodeados de privilegios, de atenciones y de una realidad tan cómoda que terminan creyendo que esa es la realidad de todos. Se acostumbran a los accesos exclusivos, a las filas que otros hacen por ellos, a los eventos donde siempre hay un lugar reservado y a los reflectores que nunca faltan.
Mientras tanto, afuera de esa burbuja, está Michoacán.
El de la gente que trabaja, que hace filas, que batalla, que paga impuestos, que espera resultados y que rara vez aparece en la conversación pública si no es en tiempos electorales.
Y mientras ellos organizan la próxima fiesta, hay miles de michoacanos esperando que alguien se ocupe, por fin, de los pendientes de siempre.




