Raúl Morón, y la política del estoicismo

Por: Leo González

Hace unos días vi a Raúl Morón. Platiqué con él apenas unos minutos, lo suficiente para confirmar algo que, a veces, el lenguaje no verbal dice con más fuerza que cualquier discurso: está tranquilo. Seguro. Incluso estoico. Y eso, en política, particularmente cuando está en juego el futuro inmediato de un personaje, no suele ser común.

La mayoría de los aspirantes, cuando se acerca la hora de las definiciones, muestran ansiedad, nerviosismo o una necesidad casi desesperada de mandar señales de fortaleza. Morón, al menos en apariencia, parece estar en otro estado emocional: el de quien cree que los tiempos juegan a su favor.

No es casualidad. Tiene oficio político de sobra. Ha sido dos veces senador de la República, alcalde de Morelia, legislador local y uno de los liderazgos históricos del magisterio democrático en Michoacán. Improvisado no es. Y en un estado donde la política suele practicarse entre sobresaltos, traiciones y turbulencias permanentes, esa experiencia pesa.

El hoy senador de Morena ha soportado durante meses una ofensiva política constante. Sus adversarios (internos y externos) han intentado descarrilar su ruta hacia la candidatura al gobierno de Michoacán. Lo han señalado, lo han cuestionado y lo han colocado en el centro de múltiples debates. Sin embargo, sigue ahí.

Parte de esa tranquilidad, dicen quienes lo conocen, proviene de una convicción: sentirse cercano al centro del poder. Su relación política con la presidenta Claudia Sheinbaum le da una fortaleza que pocos dentro de Morena pueden presumir.

Los embates del llamado “Movimiento del Sombrero” parecen no haberlo sacudido personalmente, aunque sí hayan generado desgaste en su equipo. Incluso el golpeteo derivado del magnicidio de Carlos Manzo (tema delicado y políticamente explosivo) no logró moverlo del sitio que hoy ocupa en la mayoría de las encuestas serias: el de puntero.

La palabra “estoico” suele usarse con ligereza, pero aquí parece encajar. El estoicismo habla de fortaleza interior, de ecuanimidad frente a la adversidad, de dominio emocional en medio del caos. Y eso es exactamente lo que Morón parece proyectar: un político que no se deja arrastrar por el ruido.

Claro, una cosa es la imagen y otra la realidad política.

Porque la disputa en Morena no está resuelta. Falta todavía el momento decisivo: la definición de la candidatura. Y aunque públicamente se intente vender unidad, en el partido existen grupos internos con agendas propias, intereses cruzados y heridas que siguen abiertas. Michoacán no será una designación sencilla.

Morón lo sabe. Quizá por eso no corre.

Entiende que las verdaderas batallas políticas no siempre se libran en los mítines ni en las redes sociales; muchas veces se pelean en silencio, en la paciencia, en la capacidad de resistir.

Lo resumió bien Leonel Godoy Rangel tras declarar por el caso Manzo: “el que no quiera ver fantasmas, que no salga a pasear de noche”.

Y en Michoacán, sobra decirlo, hay demasiados fantasmas.

Quizá por eso Raúl Morón camina despacio.

No porque dude.

Sino porque cree que su momento está cerca.

Y cuando un político está convencido de eso, rara vez se le nota prisa.

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