El Observador Global.
La política en tiempo real: poder rápido, liderazgo débil.
Por: Richard Guevara Cárdenas.
Leí hace poco con sumo interés el enfoque del profesor y consultor político argentino Mario Riorda sobre el aceleracionismo en la comunicación política y, más que una interpretación coyuntural, es una clave para entender una mutación estructural del liderazgo contemporáneo: la política ha dejado de organizar el tiempo y ha pasado a obedecerlo. Ya no marca el ritmo, lo persigue. La era digital, la inteligencia artificial y la hiperconectividad no solo han transformado la comunicación, han producido un nuevo tipo de actor: el político digital, moldeado para operar bajo presión constante, en tiempo real, donde la visibilidad se convierte en moneda y la velocidad en criterio de existencia. En esta lógica, la visibilidad pretende traducirse en relevancia y la relevancia en legitimidad; pero ese circuito no pasa necesariamente por la verdad, la evidencia o la consistencia, sino por la exposición. Cuando la exposición manda, la política deja de pensar y empieza a reaccionar.
Esta aceleración no ocurre en el vacío. Se combina con otro fenómeno igual de determinante: la fabricación del liderazgo. La lectura de la columna de Plácido Garza sobre premios, encuestas y portadas muestra cómo se construye una percepción de liderazgo que no siempre responde a trayectoria, causa o capacidad real. El liderazgo deja de ser resultado de un proceso político para convertirse en producto de posicionamiento. Así, la política no solo se acelera: también se simula. A esto se suma la forma en que los partidos seleccionan hoy a sus candidatos: el predominio de las encuestas ha reducido el liderazgo a medición de percepción, privilegiando al que mejor aparece sobre el que mejor representa. El liderazgo ya no se forma, se detecta y, cada vez más, se fabrica.
En paralelo, las redes sociales se han consolidado como una nueva ágora, pero no deliberativa sino hiperacelerada, donde el valor no está en el contenido sino en la presencia: estar, aparecer, reaccionar. En ese entorno, posar ha sustituido a representar, y el político contemporáneo internaliza una regla tácita: estar en la tendencia correcta, en el evento correcto, con el mensaje suficiente —aunque sea superficial— para circular de inmediato. El político digital es, en muchos casos, la caricatura perfecta de esta lógica: si es día de tianguis artesanal se viste con los colores del evento; si es festival gastronómico, ahí lo ves probando platillos y tomándose la selfie; si es el día del árbol, estará plantando uno con su foto de rigor. Todo ocurre bajo una misma lógica: exhibición pura, todo de inmediato a la red. No importa si es profundo, coherente o cierto; importa que sea visible.
En este marco se consolida lo que Pierre Rosanvallon denominó el descenso de la generalidad y lo que Rocío Annunziata sintetiza como los “campeones del estar ahí”, aunque ese “estar ahí” ya no es territorial sino digital. La presencia constante comienza a confundirse con pensamiento político, la acumulación de apariciones sustituye la construcción de ideas, la repetición reemplaza la reflexión y la inmediatez desplaza la estrategia. Este fenómeno no se agota en la comunicación: impacta directamente en la forma de gobernar, produciendo gobiernos más frágiles, más reactivos y más dependientes del pulso de las tendencias que de una visión de largo plazo. Se invierte la ecuación: antes la política definía y la comunicación amplificaba; hoy la comunicación —y en muchos casos el algoritmo— condiciona la decisión política.
El resultado es un escenario donde una organización con una buena agencia de marketing operando de forma permanente puede ser más competitiva que un conjunto de liderazgos pensando y haciendo política. La lógica se invierte: ya no gana necesariamente quien tiene mejores cuadros o mayor trayectoria, sino quien logra instalar mejor su narrativa. México ya ha sido testigo de esta distorsión: un jingle bien construido se convirtió en el ancla principal de una campaña presidencial. Pocos recuerdan la plataforma de propuestas, pero la coreografía y la canción penetraron con fuerza, especialmente en los sectores juveniles. La recordación sustituyó al contenido y la emoción breve desplazó a la propuesta estructural. Así, lo urgente desplaza a lo importante, la tendencia sustituye al diagnóstico y la visibilidad compite —y muchas veces vence— a la gobernabilidad, consolidando gobiernos que administran percepción más que realidad.
En este punto, el desafío deja de ser solo político y pasa a ser también técnico. El consultor internacional Daniel Ivoskus lo sintetiza con precisión en su concepto de “gobernicar”: la fusión inevitable entre gobernar y comunicar. Ya no basta con hacer; hay que saber transmitir cada acción en un ecosistema donde la atención es el recurso más escaso y donde las audiencias ya no son masas homogéneas, sino universos ultramicrosegmentados. Cada mensaje compite no solo con otros candidatos, sino con el entretenimiento, el deporte o la vida cotidiana del ciudadano. Si en los primeros segundos no hay impacto, el mensaje desaparece en el scroll. Ahí radica la tensión central: la política está obligada a comunicar bajo las reglas de la inmediatez, pero esa misma inmediatez erosiona la profundidad del liderazgo. La personalización ha desplazado al proyecto; el candidato se convierte en narrativa y la narrativa en producto, mientras la idea de un proyecto colectivo se vuelve, en muchos casos, una ficción conveniente. Sin embargo, incluso en este entorno, hay una constante que resiste: la construcción de equipos, porque ningún liderazgo —por más visible que sea— puede sostenerse sin estructura, método y profesionalización detrás.
Llegados a este punto, la pregunta es inevitable: ¿estamos ante la política como espectáculo? Más que eso, estamos ante una política donde el espectáculo se ha convertido en mecanismo de validación. La legitimidad ya no descansa únicamente en la trayectoria o la capacidad de gobierno, sino en la visibilidad y la permanencia en la conversación. No es que estemos comprendiendo mal la modernidad; es que la estamos digiriendo mal: se aceleran los canales, pero no la calidad del contenido; se amplifica la voz, pero no el pensamiento; se democratiza la expresión, pero se precariza la reflexión. No es un salto evolutivo limpio, sino desbalanceado.
Y ahí está el punto de fondo: no estamos simplemente ante la política como espectáculo, ni ante una modernidad incomprendida, ni ante un salto tecnológico virtuoso. Estamos ante una política que se modernizó en la forma, pero que aún no ha resuelto cómo sostener el fondo. Y en ese vacío, la visibilidad ocupa el lugar del liderazgo. Porque un liderazgo que depende de premios, encuestas y portadas no lidera; uno que depende de la tendencia no representa; y uno que depende del algoritmo no gobierna, reacciona.
Richard Guevara Cárdenas
Consultor y analista político colabora como columnista para diversos medios digitales en América Latina.




