Por: Leovigildo González
En los últimos días, la efervescencia interna dentro de Morena no solo ha evidenciado la disputa anticipada por espacios de poder, sino también la activación de prácticas que, en el discurso oficial del partido, están prohibidas: la descalificación sistemática y la guerra sucia entre aspirantes.
En este contexto, la figura de Gabriela Molina ha comenzado a ser blanco de una narrativa negativa que, más que espontánea, parece responder a una estrategia de contención política. Aunque no existe claridad sobre el origen de estos ataques, sí es evidente que coinciden con su crecimiento en posicionamiento dentro de la contienda interna.
Los datos no son menores. La medición de Buendía & Márquez colocó a Molina como la mujer mejor posicionada en Morena, solo por debajo de perfiles consolidados como Raúl Morón y Carlos Torres Piña. Este resultado no solo la inserta en la conversación real por la candidatura, sino que rompe inercias internas donde ciertos nombres parecían ya definidos.
Es precisamente ahí donde la política muestra su rostro más crudo: cuando un perfil emergente comienza a disputar terreno, las campañas de desgaste suelen intensificarse. Primero se intenta desacreditar la fuente —en este caso, la encuestadora— para sembrar duda sobre la legitimidad de los datos; posteriormente, el ataque se dirige directamente a la persona, buscando erosionar su credibilidad antes de que consolide su crecimiento.
La guerra sucia, en este sentido, no es un fenómeno nuevo, pero sí revela la falta de mecanismos internos eficaces para garantizar piso parejo dentro de Morena. A pesar de los lineamientos que prohíben este tipo de prácticas, la realidad demuestra que, en escenarios de alta competencia, las reglas suelen quedar subordinadas a los intereses de grupo.
Además, este tipo de estrategias no solo afectan a la persona en cuestión, sino que degradan el debate público. En lugar de contrastar propuestas, trayectorias o resultados de gestión, se apuesta por la desinformación y la percepción negativa como herramientas de competencia política.
El caso de Gabriela Molina ilustra un patrón recurrente: cuando una figura comienza a crecer sin el respaldo de los grupos tradicionales o rompe cálculos internos, se convierte en objetivo. No necesariamente por lo que ha hecho, sino por lo que podría representar en la reconfiguración del poder.
Así, más allá de nombres, lo que está en juego es el tipo de proceso interno que Morena está dispuesto a sostener. Si prevalece la guerra sucia, el mensaje es claro: la competencia no se define solo en las encuestas, sino en la capacidad de resistir embates y narrativas adversas.
Porque en política, muchas veces, no gana quien propone más, sino quien logra sobrevivir al desgaste.




