Por: Diego Donaldo Chávez Palmerín
Durante años, López Obrador construyó una narrativa muy clara: la sociedad civil organizada no era confiable.
Desconfiaba como candidato, la descalificó como Presidente y la redujo a “intermediaria” cuando le incomodaba.
Desde luego no fue ocurrencia, fue línea.
Para el obradorismo, la organización ciudadana era sospechosa cuando exigía, cuando señalaba o cuando no se alineaba, pero la historia tiene memoria.
En 2017, tras el sismo, Morena impulsó el fideicomiso “Por los Demás” para apoyar a damnificados. Sin duda, una causa legítima, y el problema no fue la causa, fue la ejecución.
El INE acreditó irregularidades en el manejo de esos recursos; dinero en efectivo, operadores retirándolo y una sanción millonaria por un esquema que, en los hechos, rompía la lógica de transparencia que se le exige a cualquier mecanismo ciudadano.
Ahí también se usó una figura “civil” para operar políticamente. Y hoy, en 2026, la historia se repite (con otro matiz, pero con la misma lógica).
López Obrador promueve una colecta para Cuba a través de una asociación civil. Sí, una asociación civil.
Ese instrumento que durante años fue minimizado, desacreditado o considerado innecesario. Entonces, ¿en qué quedamos?
¿La sociedad civil es simulación… o es útil?
¿Es intermediaria corrupta… o canal legítimo?
La respuesta parece sencilla: depende de si le sirve al poder. Ese es el fondo del problema.
Porque no se puede pasar años debilitando la legitimidad de la ciudadanía organizada, para después recurrir a ellas cuando conviene política o simbólicamente. No es evolución, es conveniencia.
Y quienes venimos de la sociedad civil lo sabemos.
Sabemos lo que cuesta construir credibilidad sin presupuesto público, sabemos lo que implica rendir cuentas sin tener el poder detrás, y también sabemos lo que significa que desde el gobierno se desacredite ese esfuerzo.
Por eso esto no es un tema menor.
No se trata de Cuba, ni se trata de ideología.
Se trata de congruencia, CONGRUENCIA.
La sociedad civil no puede ser válida sólo cuando coincide con el Poder, no debe ser legítima sólo cuando se alinea, ni debe ser desechable cuando incomoda.
El problema nunca fue la sociedad civil; fue que no estaba bajo control del poder.
Una democracia no se construye con ciudadanía subordinada, sino con ciudadanía organizada.
Al final, la realidad es más clara que cualquier discurso. La sociedad civil sí funciona. Sí organiza. sí moviliza y sí recauda.
La pregunta es por qué, para algunos, solo funciona cuando deja de ser incómoda.




