El Observador Global: El poder de las encuestas

Por Richard Guevara Cárdenas

Por estos días, debido a la proximidad de la elección intermedia que se celebrará en México en 2027, el espacio público se ha visto inundado por una avalancha de encuestas. Algunas aparecen con rigor técnico, otras con vocación mediática y muchas más con claras intenciones políticas. Sin entrar en el debate estéril de cuáles son “buenas” o “malas”, conviene hacer una pausa y revisar con mayor serenidad para qué sirven realmente las encuestas y, sobre todo, cómo deben leerse y utilizarse.

Desde la perspectiva técnica, una encuesta es un instrumento de medición estadística que busca inferir comportamientos y opiniones de una población a partir de una muestra representativa. Su utilidad depende de variables muy concretas: tamaño y diseño de la muestra, método de levantamiento, redacción de los reactivos, control de sesgos, margen de error y momento político en el que se aplica. Cuando alguno de estos elementos se descuida, la encuesta no deja de existir, pero sí pierde capacidad explicativa.

Las encuestas, bien utilizadas, son herramientas versátiles y fundamentales para recopilar datos sobre opiniones, comportamientos y percepciones. En política, su función principal no es “decir quién va ganando”, sino diagnosticar escenarios, medir posicionamiento, identificar tendencias y detectar riesgos.

El problema no son las encuestas; el problema suele ser el uso que se hace de ellas. Técnicamente, una encuesta puede ser exploratoria, de seguimiento o de validación. Confundir estas funciones es uno de los errores más frecuentes en la discusión pública. Existen también las encuestas cosméticas, diseñadas más para generar percepción que para producir información estratégica. No necesariamente mienten, pero sí seleccionan qué mostrar y qué ocultar, lo que da origen a la conocida frase: “las encuestas las gana quien las paga”.

Desde el punto de vista metodológico, ningún especialista serio evalúa una encuesta por un solo reactivo. El análisis profesional observa consistencias internas, cruces de variables, niveles de rechazo, conocimiento efectivo, opinión positiva y negativa, así como escenarios comparados. Ganar una pregunta aislada sin ponderar el conjunto es metodológicamente irrelevante.

Otro aspecto clave es la construcción de los reactivos. Preguntas inducidas o cargadas emocionalmente pueden orientar las respuestas. La técnica establece que los reactivos deben ser claros, neutrales y comprensibles. Cuando una encuesta busca confirmar una narrativa previa, deja de medir y comienza a persuadir.

En el argot hípico se dice que las encuestas permiten ver “cómo va la carrera de caballos”. La metáfora es útil si se entiende que una encuesta es una fotografía del momento, no el resultado final. Mide intención declarada bajo condiciones específicas de tiempo y contexto. Cambiar esas variables altera los resultados.

Muchos aspirantes cometen un error recurrente: confundir intención de voto con decisión de voto. La primera es volátil; la segunda se consolida mucho más adelante. El ego y la ansiedad por verse como ganadores anticipados suelen conducir a decisiones estratégicas equivocadas que, en política, se pagan caro.

La lectura de la encuesta es tan importante como su levantamiento. Una mala interpretación puede generar falsas expectativas, sobrerreacción interna o desgaste anticipado. Toda encuesta debe responder preguntas básicas: qué mide, qué no mide, qué margen de error tiene y dónde están los riesgos ocultos.

Por eso es crucial entender por qué y para qué se hace una encuesta, en qué momento de la competencia se aplica y desde qué posición política se contrata. No es lo mismo medir cuando se es poco conocido que cuando se encabezan preferencias; no es lo mismo una medición interna que una publicada.

Hoy ocurre un fenómeno evidente: todos ganan las encuestas para la misma posición. Desde la lógica técnica, eso no es posible de manera simultánea; desde la lógica política, sí es explicable. El problema es que esa saturación erosiona la credibilidad del instrumento ante una ciudadanía cada vez más informada.

La recomendación es clara: busque encuestadoras serias y metodología verificable, pero sobre todo acompañamiento experto para interpretar los datos. La encuesta no sustituye a la estrategia ni al territorio; solo ordena información para decidir mejor.

Y quizá lo más importante: no se engañe ni intente engañar a los electores. Las encuestas son una herramienta poderosa cuando se usan con honestidad técnica y madurez política. Mal utilizadas, solo inflan egos y generan espejismos. En política, la realidad siempre alcanza a la percepción.

Richard Guevara Cárdenas
Consultor y analista político. Colabora como columnista para diversos medios de comunicación en América Latina.

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