La larga década de terror y la violencia, el gran fantasma del que ningún candidato quiere hablar en Michoacán

Código Alpha/Santiago Núñez

Estamos en plena temporada electoral, un escenario donde tiradores de todos los colores, ideologías, clanes, visiones y grupos se disputan el poder por la vía electoral; un ir y venir de dimes y diretes que es ya común para todos aquellos que analizamos la vida pública del Estado y del país.

Sin embargo llama poderosamente la atención que dentro de los debates, de los intentos de intercambio de propuestas las cuales muchas veces se basan solamente en buenos deseos y en buena voluntad, pero realmente no hay candidato que tenga una planeación clara sobre todo en un tema que a nuestro estado le ha costado mucha sangre, dinero y tiempo: me refiero al gran fantasma y flagelo de la inseguridad.

Michoacán ha vivido prácticamente desde hace más de 10 años una historia de terror de la cual al día de hoy es difícil encontrarle una salida, no existe en todo el país un estado que haya experimentado los mismos desafíos de inseguridad que estamos viviendo los michoacanos desde hace  una década. Tal vez solamente Guerrero o Tamaulipas puedan ser las entidades federativas que más se acerquen a lo que la inmensa mayoría de los michoacanos han tenido que soportar como parte de su vida diaria durante los últimos años; sin embargo ni siquiera estas entidades han experimentado situaciones tan complejas en materia de seguridad como las de Michoacán.

Esta tierra ha visto a lo largo de los últimos 10 años atentados terroristas contra la población civil como lo fueron los cobardes ataques con granadas la noche del 15 de septiembre de 2008 en Morelia; ha visto el surgimiento de carteles con un componente religioso ideológico como el de los templarios, el cual se asemeja más a los grupos fundamentalistas que operan en medio oriente en cuanto a la praxis ideológica y de adoctrinamiento; el estado también ha sido testigo de crisis de gobierno derivadas precisamente del tema de la seguridad, a tal grado que en los últimos 10 años hemos visto pasar siete gobernadores incluso un raro experimento por parte del gobierno de la República para intentar apaciguar las aguas con la figura del comisionado para la seguridad de Michoacán.

Como si todo lo anterior no fuera lo suficientemente dantesco y surrealista hemos sido testigos también del surgimiento de grupos de autodefensa en grandes zonas de la geografía local, caso muy similar al fenómeno de los autodefensas que operan en la complicada retícula que es el corazón rural de Colombia. Hemos visto también incursiones de la delincuencia organizada que se toman pueblos, rancherías y prácticamente municipios enteros sin que exista apoyo por parte de las fuerzas estatales o federales para frenar este escenario de terror.

Vimos la institucionalización de los grupos de autodefensa con la figura de la fuerza rural, corporación que fue creada a bote pronto y con la finalidad de darles literalmente una placa de policía a civiles que no contaban con ninguna clase de certificación, homologación policial, ni mucho menos conocían el marco operativo que cualquier agente del Estado con un arma debe ejercer con responsabilidad. No existe en el México moderno ningún antecedente tan nefasto que explique el fracaso absoluto del Estado de derecho y de la gobernabilidad en una entidad federativa como lo fue aquella rocambolesca idea de armar a civiles, rotular unidades particulares y permitirles jugar a ejercer funciones de policía incluso con armas de uso exclusivo del ejército.

Todos los elementos que ya han sido narrados líneas arriba bien pudieran parecer el guión de una película de terror, o bien describir claramente lo que pasa en regiones del mundo que se caracterizan por no haber conocido en los últimos años una verdadera cultura de la paz; pudiera sonar a que nos estamos refiriendo a la Colombia rural, a Somalia, a Siria o a los conflictos añejos impregnados con tintes religiosos en Afganistán y Pakistán, pero realmente son la realidad y el pulso del diario vivir en amplias franjas del territorio michoacano.

Esta larga y terrorífica historia no va a terminar hasta el día que exista una agenda de gobierno clara, medible, con objetivos a corto mediano y largo plazo en materia de seguridad; por ello es preocupante que en medio de la encarnizada lucha electoral en la cual nos encontramos el día de hoy, prácticamente ningún aspirante ha mostrado una propuesta clara viable y contundente en materia de seguridad. En tanto no exista no sólo la voluntad política, sino también una estrategia integral para atacar el nefasto flagelo de la delincuencia, desgraciadamente estamos hipotecando el futuro de este estado, minando seriamente las posibilidades de establecer una gobernabilidad y una gobernanza plena, pero sobretodo estamos condenando a las futuras generaciones a asimilar el terror, la inseguridad y la violencia como un modo de vida.

Que nunca se nos olvide que una sociedad que crece familiarizada con la violencia, la inseguridad y los flagelos ulteriores que se derivan de la misma, es una sociedad que está destinada al fracaso, una sociedad donde es difícil salir adelante, donde los negocios comienzan a lastrarse y dónde no se puede vivir. Debemos ser plenamente conscientes al señalar que somos probablemente la última generación de michoacanos que tiene la oportunidad de darle un giro de 180° a la estrategia de seguridad, se nos hace tarde para recuperar la gobernabilidad en nuestro estado y parece en ocasiones que a nadie le interesa…

Sergio Santiago Núñez Galindo. Abogado y consultor. Candidato a especialista en seguridad nacional.

santiagonunez@alphaconsultores.com.mx



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