¿Actos de dignidad o la cultura del berrinche?

Por: Lenin Villegas

Estimados lectores, me queda claro que la política ya no es lo que era antes, y que con el paso de los días vamos perdiendo hasta la capacidad de asombro.

En las últimas semanas hemos sido testigos de como algunos actores políticos han decidido cambiar de partido con la intención de buscar una candidatura que les fue negada en donde militaban, claro, siempre con el argumento de que es por amor al pueblo, y es verdad que hay liderazgos consolidados que se pueden dar el lujo de decir “el pueblo me lo pide” pero siendo honestos, no a todos les alcanzan las “canicas” para pregonar con esta máxima de la política mexicana.

Nos queda claro qué hay algunos personajes que lo único que persiguen es un interés particular y que cuando una encuesta, elección interna o decisión de escritorio no les favorece, entonces son capaces de cualquier cosa con tal de alcanzar su objetivo personal.

Es cierto que es de sabios cambiar de opinión, pero la manera de hacerlo también importa, hay quienes en una institución, partido político o equipo de trabajo no se sienten lo suficientemente valorados y por el contrario, incluso acusan de ser víctimas de la injusticia y toman la decisión de subirse a otro tren, lo cual es entendible porque todo mundo tiene el derecho de buscar la plataforma que mejor le convenga para alcanzar sus sueños y objetivos, pero hay quienes salen por la puerta de enfrente agradeciendo a la institución y a las personas que en su momento les brindaron un voto de confianza y una oportunidad y hay quienes salen por la puerta de atrás mordiendo la mano de quien les dio de comer.

Es verdad que cambiar de partido político no es ni un delito ni un pecado, pero también es verdad que la política era más bonita cuando se le tenía amor a los ideales y a los colores. En todos los partidos hay personas muy valiosas y también hay otros más astutos que inclusive llegan a los puestos de dirigencia. En ocasiones los de “abajo” no están de acuerdo con las decisiones de las cúpulas, pero antes se quedaban a luchar en búsqueda de un cambio, ahora con la mano en la cintura se puede militar en un partido político y al día siguiente en otro, así como un futbolista un día puede jugar en las Chivas y la siguiente temporada en el América.

Desde mi punto de vista hay que celebrar que hoy en día se pueda salir y sentarse a tomar un café un perredista con un morenista, panista o priísta porque militar en un partido distinto jamás debe ser motivo de odio hacia un semejante, y menos motivo de violencia, por lo que me agrada que la política ya no sea tan escrupulosa como antes, pero no celebro la pérdida de identidad, de valores e ideología y esa apertura desmedida de los partidos políticos para darle cabida a quién miente diciendo que ama al pueblo cuando es claro que solo busca protagonismo e interés personal a costa de lo que sea, incluso traicionar.

Sin duda, antes cuando había amor a la camiseta,  el fútbol era más bonito y la política era más congruente, hoy ya no sabemos si renunciar a un partido y al día siguiente aparecer en otro, es un acto de dignidad o simplemente estamos adoptando la cultura del berrinche.