Inocencia sin ingenuidad  

Vamos a dar un paseo el día de hoy por nuestro propio rostro. Él es un pórtico de primera mano, donde se puede hacer el esfuerzo por ocultar pero la verdad tarde o temprano sale en una mirada fija, una sonrisa nerviosa, un ojo saltarín o un rostro aparentemente sin líneas de expresión. 

Existe la sonrisa ingenua y la sonrisa inocente. Son distintas, lo sabemos, pero ambas también hablan de una distinta manera de enfrentar y vivir la vida.

El evangelio de Mateo en sus primeros capítulos nos narra cómo el rey Herodes, al no recibir noticias de los magos que andaban buscando un niño rey para adorarlo, decide emprender una campaña sangrienta contra los neonatos en Belén. A la muerte de estos niños que derramaron su sangre por causa de Jesús, se le llama fiesta de Todos Santos, que hoy precisamente celebramos en el calendario litúrgico de la Iglesia y en muchos calendarios civiles. La atención se pone en la memoria de tantos niños que murieron en la etapa de la inocencia.

En el mundo hispano, existe la tradición pagana, hay que decirlo, de intercambiarse bromas en este día. La costumbre es tan antigua que varios estudiosos la remontan a la antigüedad cuando el cristianismo buscaba sustituir algunas fiestas paganas. Algunos, estirando el Evangelio, pretenden replicar con tales actividades “falsas” la burla que hicieron aquellos magos de oriente al rey Herodes al no volver a pasar por él para informarle del niño rey de Belén. Sin embargo, el Evangelio no nos da para justificar tal costumbre que en prácticamente todos los ambientes donde saltan las bromas tiene cero contenido o evocación religiosa. 

Retomando el sentido de esta fiesta, la Iglesia Católica hoy recuerda y exalta la inocencia, es decir, la no culpabilidad de pena alguna, la pureza del corazón. Todos aquellos niños mártires ofrendaron a Dios el don más alto y único que entonces tenían, su vida pura. Seguramente tal masacre trajo llanto y enojo para los padres de aquellos niños, los efectos inmediatos cuando una injusticia es cometida. En un texto antiguo de san Quodvuldeo, se nos alecciona sobre aquellos infantes inocentes: “Aún no hablan y ya confiesan a Cristo. Sus cuerpos aún no tienen la fuerza suficiente para la lucha y han conseguido ya la palma de la victoria”.

Es la fiesta de la inocencia y no la de la ingenuidad. Quien cae en las bromas pesadas del día hace gala de ingenuidad y no de inocencia, por ello esta actividad no está en la línea de la fiesta de hoy. Al cristiano no le está permitido ser ingenuo, es decir, despistado, desatento o falto de observación. Los discípulos de Cristo pecan al ser ingenuos, pues ello delataría no estar siempre astutos y prudentes para amar. A diario los cristianos luchamos por ser inocentes, libres de toda responsabilidad de injusticia, por ello pedimos perdón y perdonamos; tenemos un sacramento que nos devuelve la inocencia, la confesión. 

La ingenuidad no es una prenda del armario del cristiano, más bien podría ser ella la causa de su falta de credibilidad. Aquellos niños mártires murieron inocentes y no ingenuos. Nosotros no podemos aspirar a menos. Ellos intercedan por nosotros para que en el trabajo y en la escuela, en la Iglesia y en la política, en la vida cotidiana y en los eventos especiales seamos cada día menos ingenuos y más inocentes.

Salud por muchas sonrisas inocentes y no ingenuas. 

P. Francisco Armando Gómez Ruiz.

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