La nueva cara del autoritarismo presidencial mexicano

Código Alpha/Santiago Núñez

A lo largo de nuestra historia política e institucional, hemos avanzado como una nación cuyo sistema y régimen de gobierno se entretejen en torno a la figura del titular del ejecutivo federal, son muchos los motivos de carácter jurídico, político y del propio entramado de instituciones mexicanas que le dan forma a un papel preponderante de la institución del presidente de la República; probablemente el mejor estudio que se haya hecho al respecto, corre a cargo de Jorge Carpizo en su ya muy conocida obra “El presidencialismo mexicano”

A lo largo del siglo XX el Partido Revolucionario institucional se encargó de fortalecer la figura del Presidente de la República, como si ésta se tratara de un ser todopoderoso y omnipresente en la vida nacional, después de los convulsionados años de la primera mitad del siglo XX; donde amén de distintas traiciones, luchas de grupos e incluso destierros, la figura del Presidente poco a poco comenzó a institucionalizarse.

Posteriormente con la lenta transición hacia la pluralidad y la democracia, de la mano de la reforma política de Reyes Heroles, de la creación del Instituto Federal Electoral y de otros momentos clave para la vida pública del país, fue que transitamos lentamente hacia la figura del Presidente suavizado dentro del ideario político mexicano.

Es indubitable que por nuestro sistema y régimen de gobierno, siempre el proyecto y la visión de un solo hombre va a ser la punta de lanza de las políticas a nivel nacional, debidamente atenuado con los contrapesos como lo son el legislativo y el judicial, sin embargo hoy llama poderosamente la atención que estamos siendo testigos de un nuevo presidencialismo mexicano; uno que se caracteriza por ser déspota, terco, poco profesional y que pone en riesgo los avances que hemos construido a lo largo de los años para nuestra democracia.

Con el empoderamiento de la oposición en ambas cámaras, aunado a un buen papel por parte del poder judicial, pudiéramos decir que el país por fin estaba viviendo (al menos en teoría) una relación democrática entre poderes, sin embargo hoy vemos con preocupación que las bravuconadas del ejecutivo no hacen sino poner en riesgo el delicado balance de poder.

Al no haber ningún contrapeso de poder al interior de su gabinete, donde ante la mínima crítica duda o discrepancia, los aliados se vuelven enemigos, traidores y neoliberales, el ejecutivo tiene una enorme caja de arena para jugar cual Infante despreocupado con temas tan volátiles como lo son la economía, la seguridad y las instituciones.

Al exterior de su círculo de poder cercano, podemos ver un legislativo que se encuentra secuestrado por la displicencia y la abrumadora mayoría de legisladores poco calificados y que emanan de las filas del partido gobernante; con lo cual se ha perdido la fuerza y el talante de contrapeso del poder de legislativo. El último resquicio que es el poder judicial ya ha sido duramente mancillado con declaraciones sumamente irresponsables por parte del titular del ejecutivo.

Tan sólo habrá que recordar aquellas nefastas declaraciones donde el presidente de la República se atrevió a llamar como “cartel de los ampareros” a todos aquellos que han promovido tan importante recurso que a nivel internacional, es considerado por juristas y doctrinarios del derecho, como uno de los grandes aportes de México a la cultura legal, sin embargo para el ejecutivo, esto es visiblemente un escollo en sus aspiraciones y no un contrapeso legítimo y democrático.

Por ende ante la amenaza real, latente y peligrosa, de enquistar dentro del entramado institucional mexicano nuevamente la nefasta figura del autoritarismo presidencial, el último resquicio que nos queda es que la sociedad civil forme un bloque fuerte y muestra el músculo necesario para manifestar un desacuerdo con la forma mezquina, corriente y muchas veces con desplantes antidemocráticas que se ha venido ejerciendo desde el 1 de diciembre del año pasado. Existen ejemplos modernos como la primavera árabe, los chalecos amarillos en Francia, los cacerolazos en Argentina, las protestas masivas en Islandia y muchas situaciones similares más, donde se demuestra que desgraciadamente en muchas ocasiones ante la ineptitud gobernamental y el empantanamiento institucional; la gente no tiene otra alternativa más que salir a la calle a luchar por sus derechos y hacerse escuchar, esperemos que este actual gobierno cuente con estos datos dentro de su hoja de ruta y no siga actuando como si todo fuera idílico en su mundo de fantasía y soberbia.

Sergio Santiago Núñez Galindo
Abogado y consultor.
Candidato a especialista en seguridad nacional.
santiagonunez@alphaconsultores.com.mx

COMENTARIOS