NADA PERSONAL Relato de un policía federal, tardaron seis años para detener a La Tuta

Por: Editorial

Seis años, múltiples huidas, muertes, secuestros, una organización liderada por Servando Gómez Martínez alias La Tuta, finalmente dieron resultado, así fue la historia del comandante que lo detuvo.

Quería ser un policía especial, algo así como un agente secreto de los que veía en las películas, de los que no usan un uniforme a diario, pero que también tienen un trabajo complicado, peligroso y secreto. Ser de esos policías que detenían a “los malos”, sin que ellos tuvieran la menor sospecha.

También soñaba que cuando me pusiera un uniforme de policía, pudiera decirle a todas las personas con mucho orgullo “soy policía”, viéndoles a los ojos.

Sabía que tenía que prepararme, estudiar y tener una carrera profesional que me permitiera alcanzar mi sueño. Y así pasaron 23 años.

En algún momento me di cuenta que mi sueño tenía cierta complejidad, pues para ser un “James Bond”, tenía que tener bien firmes mis valores, mis conocimientos profesionales, pero sobre todo la convicción de proteger a la gente. Tenía claro que era una profesión en la que a diario estaría a prueba.

Terminé mi licenciatura y seguí el camino que estaba trazado desde muchos años atrás: ingresar a la academia policial.

En mi familia todos sabían que tarde o temprano llegaría el día. Mi papá me dijo que si esa era mi decisión, no solo debía de ser el mejor, sino también tenía que defender los valores que me habían enseñado y siempre, siempre, ser humilde.

También me dijo que era un camino con muchas tentaciones que me pondrían a prueba. Enseguida entendí a lo que se refería: no ser corrupto y actuar de tal forma que siempre tuviera la frente en alto.

A partir de ese momento, mi mamá me incluyó en sus oraciones diarias aún con más fervor. En correspondencia, desde hace 15 años, no importa lo difícil de la jornada, a diario le dedico al menos un minuto a través de una llamada telefónica que la haga sentir más tranquila al escuchar mi voz y estado de ánimo. Son instantes que cualquier policía debe tomarse para dar sosiego a su familia.

El primer paso fue acudir a la Procuraduría General de la República a pedir informes. Tengo que admitir que en aquella época estaba pasado de peso respecto a la convocatoria y no tuve más remedio que ponerme a correr con todas mis fuerzas para bajar los 20 kilos extras que tenía.

Quedé en primer lugar de los aspirantes de ingreso al Instituto de Capacitación y Profesionalización de Justicia de PGR, mejor conocido como el ICAP. Sin embargo, el cambio de administración y una reducción presupuestal, me “recortó” de la lista de aceptados, sin importar los resultados que obtuve. Me quedé fuera.

Después de quince días de iniciado el curso, algo pasó y me llamaron. ¡Había un lugar disponible!

Ya egresado, me asignaron a la atención de temas de narcotráfico y delincuencia organizada. Luego, con la fusión de instituciones, ingresé a la Sección Tercera del Estado Mayor de la Policía Federal Preventiva, lo que hoy es la División Antidrogas. Por fin mi sueño tomaba forma.

En lo profesional he vivido épocas muy complicadas, pero sin duda, la más compleja fue la del Operativo Conjunto Michoacán. Para entonces ya había logrado ascender en la cadena de mando y nuestro equipo tenía la misión de desarticular la estructura delincuencial que estaba haciendo mucho daño a la ciudadanía de ese estado y los territorios vecinos.

Entre los objetivos a detener se encontraba “La Tuta”, quien además de su actividad delincuencial, tenía un liderazgo, agresividad y capacidad para captar a nuevos integrantes para su organización, que lo hacían un peligro para la sociedad en su conjunto.

Labores de inteligencia nos permitieron ubicarlo en Arteaga, por lo que diseñamos un operativo que contemplaba diversos escenarios, en los que se incluía la participación de personal de investigación de campo y de operaciones especiales.

Uno de los equipos obtuvo muy buenos resultados y logramos acercarnos a nuestro objetivo. Sin embargo, algo salió mal y fueron descubiertos.

Lo que ocurrió después es algo que ningún policía quiere imaginar: la tortura y muerte de doce policías federales a manos de la delincuencia. Era un 13 de julio del año 2009.

Al paso del tiempo y al repasar una y otra vez lo que pudo haber ocurrido esa noche, entendí que aún cuando se disponen de todas las capacidades y herramientas para un resultado exitoso o enfrentar el peor de los escenarios, nunca será posible descifrar el factor humano.

Siempre tengo presente que tal vez yo fui la última persona con la que habló uno de los compañeros, cuando me marcó para reportarse y darme avances de la investigación.

Nosotros estábamos camino a otro operativo, cuando intuíamos que algo había ocurrido, porque perdimos comunicación con ese grupo. Fuimos a Arteaga y al llegar al punto, no había rastro de ellos.

En un primer momento pensamos que se los habían llevado para asustarlos y que los iban a soltar; tal vez muy golpeados, pero vivos.

Al poco rato supimos que sus cuerpos sin vida estaban apilados en la Autopista Siglo XXI, en el mismo estado de Michoacán. Acudir al SEMEFO a reconocer a mis propios compañeros es un recuerdo que aún me hace un nudo en la garganta.

Me sentí lleno de coraje y muy vulnerable, pero con la determinación de hacer todo lo que estuviera en mis manos para detener a las personas implicadas en este cobarde acto que frustró la vida de buenas personas que estaban llenas de proyectos.

El impacto de la pérdida en sus familias nos marcó irremediablemente. Pensé que alguna de esas madres que lloraba inconsolable, pudo haber sido la mía.

Entendimos aún más el tipo de personaje al que nos enfrentábamos: una persona que en su carrera criminal iba matando a civiles, pero también a policías, con el único fin egoísta de acrecentar el poder de su organización criminal.

Como policías y como personas, nos dañó emocional y moralmente.

Hicimos un compromiso: no descansar hasta que todos y cada uno de los responsables de la muerte de nuestros compañeros fueran detenidos y presentados ante la justicia.

Al poco tiempo comenzaron a circular imágenes de la tortura que vivieron los policías federales; al final había una amenaza de muerte hacia nosotros.

Pero contrario a lo esperado por el delincuente, el miedo se transformó y nos dio la fuerza suficiente para decidir dar la cara por los compañeros y por la Institución.

Y así pasamos seis años en Michoacán, en los que nuestra vida, de una forma u otra, peligraba a diario. En más de una ocasión fuimos descubiertos al realizar labores de inteligencia; tuvimos que ser muy hábiles y echar mano de nuestra capacitación para no sufrir la misma suerte de nuestros compañeros.

Levantarse temprano, no dormir, estar en la sierra, adentrarnos en cuevas, realizar sobrevuelos en helicópteros, investigar cualquier dato que surgiera, diseñar operativos… En algún momento todos los días eran iguales y en todos ellos había la convicción de que teníamos que hacer todo lo posible para llegar a quien se había convertido en uno de los principales provocadores de violencia en Michoacán y responsable de la muerte de nuestros compañeros.

Los malos no eran más fuertes que los buenos. El mal nunca vence. Eso era lo que teníamos que demostrar y para ello, detener a La Tuta era clave.

Fueron muchas ocasiones en las que estuvimos a punto de detenerlo. En alguna ocasión, en el mismo municipio de Arteaga, alcancé a ver cómo se subía una camioneta y se iba, escapando de nosotros. Para nuestra mala suerte, no había las condiciones necesarias para ir detrás de él. Y tuvimos que esperar.

Pero todo servía. En cada día y en cada ocasión que le pisamos los talones, se acumuló información valiosa que fue esencial en los días previos a su detención.

A finales del 2014 ubicamos a una de sus parejas sentimentales en el pasado. Tenía una vida relativamente normal, con visitas a tiendas de autoservicio y centros comerciales, pero ninguna actividad que nos hiciera pensar que se encontraría con su viejo amor.

Sin embargo, un intercambio de palabras con otra persona, a quien nombramos como “El Mensajero”, fue suficiente para abrir la posibilidad de ubicar a La Tuta y nos enfocamos en él.

Ubicamos al menos diez domicilios en plena ciudad de Morelia, en los que suponíamos que podía encontrarse nuestro objetivo.

En los primeros días de febrero, resultado de labores de vigilancia, observamos que a uno de los domicilios llegó “El Mensajero” con un pastel. Y entonces todo tomó sentido.

Sabíamos que La Tuta cumplía años el 6 de febrero.

¡Esta es la buena Jefe!

El entusiasmo y la motivación para continuar la investigación crecía en nuestro grupo: estábamos cerca.

Los siguientes días fueron agotadores: nos convertimos en la sombra de “El Mensajero”. Sus actividades variaban y el reto era que no advirtiera nuestra presencia. En ocasiones conducía a una de las salidas de Morelia, llegaba a un punto, permanecía ahí por algunos momentos, hablaba por teléfono y regresaba a uno de los domicilios ubicados.

Procuramos ser muy cuidadosos y no perder detalle de sus actividades. Nuestros sentidos estaban ávidos, pues cualquier error que cometiera, nos daría información adicional.

Nuestro descanso, alimentos y hasta idas al baño estaban planeadas de manera muy cuidadosa. No podíamos perder la atención de ninguno de los domicilios. Para ese punto, ya estábamos familiarizados con la zona, conocíamos los accesos, las vialidades y los riesgos.

No podíamos bajar la guardia. Después de siete años de búsqueda, su captura era obligada.

El desafío era detenerlo de una manera limpia y sin realizar un solo disparo. Y así ocurrió aquel 27 de febrero de 2015.

Comenzamos a ver que llegaban diversos carros, de los que descendían personas que ingresaban a uno de los domicilios. Alertamos a los compañeros y permanecimos al acecho.

Nos acercamos un poco más a la casa para tener una mejor visión. Minutos después salieron personas visiblemente armadas y uno de los rostros llamó nuestra atención: era La Tuta.

Con toda seguridad de que el rostro que teníamos a escasos metros el mismo que estaba grabado en mi cabeza, le informé a mi Jefe y procedimos.

Recuerdo la adrenalina del momento: “Alto, Policía Federal”, resonaba en el lugar.

En ese momento, en el sureste del país se realizaba otro operativo simultáneo: el hermano de La Tuta también era detenido por otro de nuestros equipos de trabajo.

“Me sorprendieron”, dijo La Tuta horas después, cuando por fin decidió articular palabra. Nunca esperó que unos “chamacos” fueran quienes lo detuvieran y más aún, que con todo lo que nos había agraviado, respetáramos de forma ejemplar sus derechos humanos en todo momento.

Era un ciclo que concluía con una captura que hacía justicia a nuestros doce compañeros caídos en 2009, así como a todas aquellas personas a las que había dañado en su historial delictivo. El saldo fue de más de 350 personas detenidas y presentadas ante la justicia en aquella época.

Aquella noche saqué una carga emocional, personal, familiar, profesional e institucional. Mi mente y mi corazón cambiaron a partir de ese momento, es como si hubiera sanado al instante.

En contraste con los seis años que viví en la búsqueda, al verlo capturado me dio lástima. Mi enojo y tristeza se transformaron y por mi cabeza nunca pasó la idea de lastimarlo o desquitarme. No valía la pena, pues eso me colocaba al mismo nivel de los delincuentes. Nosotros somos autoridad, estamos del lado del bien y eso hace la gran diferencia.

Fueron largos años en los que sacrifiqué ver crecer a mi hija, tener una vida familiar e incluso la tranquilidad del sueño.

Le demostramos a la ciudadanía y a los propios criminales, que nuestra labor no está sesgada por el rencor, el odio o la venganza, sino dirigida por el compromiso de proteger y servir a la comunidad.

El asesinato de nuestros compañeros y lo vivido en esa época, nos hizo más fuertes. Nos construimos como un equipo sólido, confiable y profesional, al que le esperaban muchas batallas más por enfrentar.

A mí me ayudó a ser un mejor líder, que no es lo mismo que ser un buen jefe.

El emblema de la División Antidrogas tiene, mediante la inscripción del número 12 en maya, el recuerdo de los compañeros caídos en esa misión. Es el testimonio de que aprendimos con sangre de nuestros errores, de que nunca debemos confiarnos y la confirmación de que tarde o temprano, la justicia alcanza a nuestro delincuente en su carrera.

Reflexiono que en México hay personas que en algún momento comenzaron a ver normal hacer daño a otras personas para lograr sus objetivos económicos. Son personas que ya no comprenden lo que significa ver felices a sus hijos, a quienes enseñan que delinquir tiene una justificación y es una forma de vida, sin darse cuenta que los están encadenando a una vida de miseria.

Nunca nos dejaremos vencer. Eso es lo que se nos ha enseñado en la Policía Federal: a ser tenaces, nobles y leales a la Patria. A que nunca se deja atrás a un compañero y no dejar de capacitarnos nacional e internacionalmente, porque de ello dependen muchas vidas.

Por cada delincuente que haya en nuestra sociedad, hay una ciudadanía entera y grandes instituciones que aman a su país. Tarde o temprano venceremos sobre la oscuridad que algunos han querido imponer a nuestro México lindo y querido.

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