Código Alpha/Santiago Núñez
Llevamos generaciones cayendo en lugares comunes, llevamos décadas escuchando que la clase política en este país no tiene más remedio y otro destino diferente que la rapiña, debemos ser muy responsables y señalar que este prejuicio en primer lugar se encuentra motivado por algunos casos bochornosos como lo pueden ser el de Javier Duarte y demás nefastas figuras impresentables para la vida pública del país, que se han enriquecido con los recursos públicos.
Es muy cierto, tenemos una clase política que desgraciadamente en muchos sentidos no se caracteriza por ser la más honesta, la más transparente o la más respetuosa de los recursos públicos, sin embargo sería irresponsable culpar única y exclusivamente a los representantes populares de la enorme tragedia social que hoy vive México.
Hace algunos días se difundieron distintos videos en imágenes donde se puede ver a habitantes de Veracruz, robar la totalidad de la mercancía de un tráiler volteado que transportaba cajas de cerveza. Más allá de los satírico y surrealista que pudiera parecer esta situación, es un reflejo claro y además muy real del fracaso que no solamente como gobierno en sus distintos niveles, sino que como sociedad hemos fraguado a lo largo de las décadas.
Ver a mujeres, niños y ancianos regocijarse del robo de productos, aprovechándose de un accidente, debe ser el ejemplo más certero para preocuparnos por el futuro de esta nación. No debemos olvidar que antes de señalar a las elites en el poder como los únicos que caen en la tentación, como los únicos que violan la ley: es de medular importancia que recordemos que la población y la sociedad son parte fundamental de la estructura del Estado y que generalmente los gobiernos que emanan de la misma, tienden a llevar en su ADN las mismas fobias, filias y defectos de la sociedad de la cual surgen.
De esta manera, así como resulta indignante el ver a exgobernadores que se han llevado miles de millones de pesos de las arcas públicas, también su equivalente se encontraría en aquellos ciudadanos que aprovechándose de las coyunturas, de la ausencia de vigilancia, o de cualquier otra situación utilizan estos escenarios para hurtar, para robar, para aprovecharse o sacar ventaja de los demás.
Así sea un desvío de 5000 millones de pesos de la hacienda pública de un Estado, o bien el robar un cartón de cervezas de un camión accidentado, lo único que varía es el monto y la cuantía del daño, pero el agravio a la confianza y el respeto institucional y de las leyes es en esencia el mismo en ambos casos. Tendríamos que recordar un caso que se conoció como el escándalo toblerone, donde una alta funcionaria del gobierno sueco fue procesada y cesada, ya hace muchos años por utilizar una tarjeta para gastos gubernamentales en la compra de un insignificante chocolate en un aeropuerto; en aquella ocasión el tribunal sueco que conoció el caso, castigó a la funcionaria no por la cuantía del desvío, sino por la erosión a la confianza pública.
La cultura de la legalidad y del respeto al Estado derecho comienza a construirse desde la propia sociedad, y mientras desde el interior de la misma sigamos celebrando la astucia aplicada a la trampa, al robo y a la falta de respeto a los derechos comunes, no haremos si no acelerar a fondo hacia la mediocridad generalizada, falta de competitividad y anarquía que caracteriza a los países subdesarrollados y los diferencia de aquellos del llamado primer mundo.
Mobutu Sese Seko fue el dictador africano, que en aquel país entonces llamado Zaire, hizo del robo y la rapiña gubernamental un modelo de vida, a tal grado que los politólogos y teóricos acuñaron el término cleptocracia inspirados por su actuar. Así bien pudiéramos decir que muchos de los actos relacionados con la misma se centran en la clase política, pero las sociedades también son corresponsables de este fenómeno que desangra a nuestras instituciones, a nuestras empresas y a nuestro país.
Carlos Fuentes en su obra “el espejo enterrado” hablaba metafóricamente del poder y de la trascendencia que tenían estos objetos en su encuentro con los pueblos precolombinos; hoy podríamos afirmar que ha llegado el momento de mirarnos en el espejo de la realidad y asumir que en el fondo, no somos (como sociedad) muy diferente de todos aquellos vicios, filias y males que señalamos con dedo flamígero sobre algunos miembros de la clase política.
Hasta que no impulsemos un nuevo pensamiento fundamentado no solamente en reformas educativas y políticas, sin una verdadera transformación que surja desde el seno de la propia sociedad, estaremos condenados a seguir viendo a políticos que se aprovechan del erario público, pero también a mexicanos de a pie que se arremolinan como salvajes sobre un camión de cervezas volteado.

Sergio Santiago Núñez Galindo
Abogado y consultor.
Candidato a especialista en seguridad nacional.
santiagonunez@alphaconsultores.com.mx




