La primavera del derecho laboral

Por: Hugo Rangel

“El trabajador no es ni debe ser una bestia macilenta, condenada a trabajar hasta el agotamiento sin recompensa alguna… es el productor de todas las riquezas y debe tener los medios para disfrutar de todo aquello de que los demás disfrutan”. — Ricardo Flores Magón

México transita hoy por una transformación que bien podríamos nombrar como la primavera de su derecho laboral. Tras décadas de un invierno tecnócrata que congeló la dignidad del obrero en aras de una competitividad basada en el desgaste, el Senado de la República ha validado un proyecto de reivindicación histórica. Las 40 horas son hoy el resultado de un consenso madurado en foros y mesas de diálogo, pero cimentado, sobre todo, en una deuda histórica con quienes mueven los engranajes de la nación.

Para el Partido del Trabajo, esta conquista es un acto de identidad absoluta. Como instituto que emana de las entrañas de la lucha popular, entendemos que el “humanismo laboral” no es una frase decorativa. Reducir la jornada ordinaria es, en esencia, devolverle al ser humano la propiedad de su tiempo. Es reconocer que la vida digna exige espacio para el esparcimiento y la convivencia familiar; que el trabajador, como sentenciaba Magón, no nació para ser una pieza desechable de la maquinaria.

La magnitud del beneficio es estructural. Esta reforma alcanza a 13.4 millones de mexicanos que hoy sostienen al país bajo esquemas que rebasan las 48 horas semanales. Hablamos de una reparación necesaria para la industria manufacturera, el comercio y el sector servicios: ámbitos productivos que han sido el motor del PIB, pero también el escenario de un agotamiento crónico.

Sin embargo, en el mar de desinformación que suele rodear a estas conquistas, es imperativo precisar la arquitectura de la reforma. Se plantea una transición responsable y gradual que se desplegará de 2026 a 2030, con una reducción de dos horas por año hasta alcanzar la jornada máxima de 40 horas semanales. Esta hoja de ruta asegura que dicha disminución venga acompañada de un fortalecimiento salarial; la premisa es ganar lo mismo, o más, con menos horas de vida invertidas.

En materia de jornada extraordinaria, la ley establece la posibilidad de trabajar de 9 a 12 horas extras voluntarias con un pago del 100% sobre el salario ordinario y hasta 4 horas adicionales con un pago del 200% más, sin que en ningún caso pueda excederse el límite de 12 horas totales de trabajo diario. Asimismo, se prohíbe de manera tajante el tiempo extraordinario para personas menores de edad y se fija un tope máximo de cuatro horas con pago triple, además de contemplarse la implementación de registros electrónicos obligatorios para cerrar la puerta a simulaciones y abusos.

Reclamar hoy las 40 horas es, en realidad, un acto de memoria. El Programa Liberal de 1906 ya establecía la jornada de ocho horas y el salario mínimo como antesalas de la Revolución. Si aquel relámpago magonista iluminó el siglo XX, la reforma actual debe ser el sol que consolide la justicia social en el XXI. Bajo esta óptica, la inteligencia artificial y el progreso técnico no deben ser herramientas de desplazamiento, sino la base material que justifica una redistribución del tiempo en favor del ser humano; la riqueza generada por la automatización debe servir para liberar al trabajador, no para esclavizarlo bajo nuevas métricas de eficiencia.

Nuestro partido aplica el principio de servir al pueblo y recoge las enseñanzas de Villa, Zapata y Magón para devolverlas al presente como realidades revolucionarias. Las 40 horas son la victoria de quienes realmente producen la riqueza social: las y los trabajadores de México. En esta primavera laboral, el Partido del Trabajo, como lo ha sido siempre, es el brazo político de su autonomía y de su dignidad. ¡Porque el trabajo es vida, y la vida ha comenzado a recuperar su tiempo!

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