Opinión | Sala de prensa
Por Richard Guevara Cárdenas
Tuve la oportunidad de estar, a finales del año pasado, en dos de los encuentros más relevantes de la comunicación política a nivel mundial, ambos celebrados en Cartagena de Indias, Colombia: la Cumbre Mundial de Comunicación Política y el encuentro anual de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos (ALACOP). Dos espacios distintos en formato, pero coincidentes en algo esencial: allí se reunieron quienes han vivido, construido y transformado este oficio durante décadas, junto con quienes hoy empiezan a marcar el rumbo de una nueva generación de estrategas políticos.
En ese contexto desarrollamos un formato audiovisual deliberadamente sobrio, al que denominamos “Diálogos Disruptivos”. Más de veinte consultores políticos de distintos países del continente aceptaron conversar sin guion ni complacencias sobre el presente y el futuro de la consultoría. No eran charlas promocionales ni discursos de ocasión, sino intercambios francos entre colegas que conocen el poder, la calle, las campañas reales y el desgaste que implica este oficio cuando se ejerce en serio.
Fue en ese marco donde la pregunta que titula esta columna empezó a aparecer con fuerza. No como una provocación aislada, sino como una inquietud compartida: ¿es la inteligencia artificial una amenaza real para la consultoría política?, ¿estamos frente al fin del oficio tal como lo conocimos?, ¿pueden hoy los actores políticos prescindir del consultor y autogestionar su estrategia con las nuevas herramientas tecnológicas?
Lo relevante no fue solo la pregunta, sino la sorprendente convergencia de las respuestas. Más allá de matices generacionales o estilos personales, hubo un consenso claro entre consultores con treinta años de trayectoria y estrategas emergentes: sí, algo se terminó. No el oficio, pero sí una forma cómoda, repetitiva y superficial de ejercerlo.
Se acabó la consultoría de copiar y pegar plantillas de PowerPoint. Se acabó la de cobrar cifras infladas por diagnósticos genéricos que no dicen nada nuevo. Se acabó la del “experto” que vende un FODA estándar con tipografía bonita. Se acabó la del gurú que repite, con tono doctoral, lo que leyó en un libro de storytelling publicado hace más de una década sin leer el contexto político actual.
Este diagnóstico no fue una opinión personal ni una exageración retórica. Fue una lectura compartida que apareció una y otra vez en las conversaciones.
Hoy, herramientas de inteligencia artificial como Claude, GPT, Grok o Gemini elaboran presentaciones, redactan discursos, sintetizan encuestas y estructuran planes de medios con una eficiencia que supera ampliamente a buena parte del mercado consultor tradicional. Y aquí surgió otra coincidencia incómoda pero honesta: en tareas operativas, la inteligencia artificial ya hace mejor el trabajo que una gran porción de la consultoría mediocre.
Por eso, en más de una conversación se repitió la frase, a veces con ironía y otras con preocupación: “se acabó la consultoría”. Pero siempre con una aclaración inmediata: se acabó esa consultoría.
Ninguno de los consultores serios —de ninguna generación— afirmó que la inteligencia artificial pudiera reemplazar el criterio político, la lectura del poder o la gestión de escenarios complejos. La IA procesa información; el consultor interpreta realidades. La IA organiza datos; el consultor entiende climas sociales. La IA propone opciones; el consultor asume costos políticos.
Este punto también fue ampliamente compartido. La consultoría política no fracasa por falta de diagnósticos ni de documentos bien diseñados; fracasa por errores de lectura, por subestimar emociones, por no entender silencios, por no anticipar rupturas. La política no ocurre en un archivo compartido ni en una carpeta de Drive.
Ocurre en la calle, en el rumor, en el enojo acumulado, en la esperanza frágil. Y eso —coincidieron todos— no se capta únicamente con prompts ni con dashboards.
Lejos de anunciar su desaparición, la sensación dominante fue que la consultoría política está entrando en una fase de depuración profunda. La inteligencia artificial no es el verdugo del oficio, sino su filtro más exigente hasta ahora.
Sobrevivirán quienes entiendan que su valor no está en producir entregables, sino en pensar estratégicamente, ordenar el caos, leer el poder y tomar decisiones cuando no hay respuestas evidentes.
El nuevo estándar del consultor político, y en esto también hubo coincidencia, no es competir contra la IA, sino integrarla. Usarla para acelerar procesos, liberar tiempo y concentrarse en lo que realmente genera valor: la estrategia, la narrativa, el liderazgo y el control del escenario.
Volvamos entonces a la pregunta inicial. ¿Es la inteligencia artificial una amenaza para la consultoría política? Desde la convergencia de opiniones recogidas en Cartagena, la respuesta es clara: no para la buena consultoría; sí para la mediocre. Si el valor del consultor estaba en repetir fórmulas, vender humo o maquillar documentos, la IA ya lo reemplazó. Si el valor está en pensar, interpretar, anticipar y decidir, la inteligencia artificial se convierte en una aliada poderosa.
La inteligencia artificial no vino a matar la consultoría política. Vino a exigirle nivel. Vino a separar oficio de simulación. Vino a obligar a los consultores a demostrar, y no solo a prometer.
Y en eso, curiosamente, hubo un acuerdo casi unánime entre generaciones, estilos y países: la consultoría política no está en peligro; lo que está en peligro es ejercerla sin criterio, sin método y sin comprensión real del poder.
Richard Guevara Cárdenas
Ex diputado venezolano radicado en México Consultor y analista político, colabora en diversos medios digitales de América Latina
X @richard_Guevara




