Venezuela: entre la liberación y la tutela

Por Richard Guevara Cárdenas

En estas horas complejas para Venezuela asumo una posición incómoda, pero intelectualmente honesta: una mirada de centro moderado, atravesada por sentimientos encontrados. Venezuela sale —al menos formalmente— de una dictadura que se prolongó durante 27 años. Ese hecho, en sí mismo, genera alivio, expectativa y una sensación de justicia largamente postergada. Sin embargo, la forma en que ocurre obliga a un análisis más frío, menos épico y profundamente político.

La intervención de Estados Unidos no responde a un acto altruista ni a un despertar democrático repentino. Responde a intereses estratégicos evidentes: las mayores reservas petroleras probadas del mundo. En ese sentido, Venezuela no solo inicia una transición política, sino que corre el riesgo de regresar simbólicamente a una condición que creíamos superada: la de país tutelado por una potencia extranjera. Cambia el régimen, pero la sombra de la dependencia sigue allí.

Más inquietante aún es la posibilidad de que este tipo de acciones se normalicen como política exterior. Donald Trump no disimula su visión: intervenir donde considere necesario, cuando lo considere conveniente y si el poder lo permite. Eso no es cooperación internacional; es imperialismo. El mismo contra el que América Latina luchó y se independizó hace más de dos siglos, primero de España y luego —de formas más sofisticadas— de otros centros de poder.

Y, aun así, sería deshonesto negar la otra cara del sentimiento colectivo. Durante años, el deseo de que Nicolás Maduro dejara el poder se acumuló como una presión social insoportable. Que se fuera “a la buena o a la mala”, repetían muchos; y si era “a la mala”, mejor. La animadversión hacia el personaje y lo que representaba era profunda, transversal y emocionalmente innegable.

Aquí aparece la contradicción central: no es posible tomar partido absoluto sin caer en la simplificación. Lo que sí es posible —y necesario— es sostener ambas verdades al mismo tiempo.

Lo bueno es claro, y se expresa con efectos concretos en el corto y mediano plazo: la paralización de la cacería de brujas contra la disidencia política; la liberación de los presos políticos; el retorno de los partidos políticos como actores reales; el regreso y reagrupamiento de los líderes opositores dispersos por el mundo; la reapertura del espacio aéreo y de las fronteras; la posible vuelta de millones de venezolanos “de a pie” expulsados por la crisis; una estabilización económica inicial de la moneda, del dólar y de las expectativas; la reactivación de la industria petrolera y las inversiones anunciadas por Estados Unidos, con la consecuente entrada de divisas; el control de las operaciones de seguridad contra pranes, colectivos armados y estructuras criminales; y, finalmente, la reconstrucción de una oposición obligada a unificarse para competir en una nueva elección.
Aquí conviene una advertencia estratégica sin romanticismo. El chavismo–madurismo, aun derrotado, sigue siendo el “enano más grande”: la estructura política mejor organizada, con mayor experiencia territorial y capacidad de movilización. Ante cualquier error, fragmentación o soberbia opositora, puede volver al poder. La transición no garantiza alternancia futura; solo abre la posibilidad.

Lo malo también es evidente: una potencia militar interviniendo de manera contundente en un país latinoamericano, imponiendo su fuerza y dejando un mensaje inquietante al mundo. Esto puede ocurrir donde sea y cuando sea si el equilibrio de poder lo permite. Ese precedente no es menor ni debe relativizarse.

De esta tensión nace la esperanza. La esperanza de que Venezuela inicie una nueva etapa de prosperidad, no inmediata ni sencilla, pero al menos imaginable. La esperanza de que quienes defendieron o idealizaron al régimen comprendan, con el tiempo, que ganan más de lo que pierden con un país funcional, abierto y con reglas. Y, sobre todo, la esperanza de que lo ocurrido no se convierta en un modus operandi global, donde la fuerza sustituya al derecho.

En este contexto, conviene cerrar con una lectura realista de los hechos más recientes: Donald Trump no se involucró en la reconstrucción política venezolana, sino que acotó su acción a la captura y neutralización de Nicolás Maduro bajo una lógica criminal vinculada al Cártel de los Soles; de haber querido incidir políticamente, habría impuesto de inmediato a Edmundo González y a María Corina Machado, cosa que no ocurrió; por el contrario, el mensaje implícito fue retirar a Machado del tablero por carecer de fuerza real para sostener una transición; Trump y Marco Rubio dejaron claro que existen acuerdos operativos con Delcy Rodríguez, quien emerge como el canal funcional para administrar la estabilidad; y todo indica que, más que una ruptura total, lo que sigue es una continuidad del chavismo, reconfigurado, controlado y administrado, pero aún al frente del poder.

Ojalá esta historia, con todas sus luces y sombras, sea para bien. Para Venezuela, primero. Y para un mundo que necesita menos tutelas y más soberanía real, después.

Richard Guevara Cárdenas
Consultor político y estratega comunicacional
Ex diputado venezolano
Director General de Genial Consultores Estratégicos Publicitarios
Miembro de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos (ALaCoP)
Instagram: @richardguevarac

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