Por: Manolo Padilla
Si alguien pensó que la renovación de la dirigencia estatal del PRI en Michoacán traería aire fresco, apertura y algo parecido a la democracia interna, probablemente también cree que Santa Claus milita en el tricolor.
Lo que hoy vive el PRI no es una elección: es una ceremonia de ratificación del poder, cuidadosamente diseñada para que nada cambie y nadie estorbe. Un proceso donde se permite el registro de fórmulas, pero se entrega la constancia a una sola, como quien invita a correr una carrera… pero ya tiene ganador desde la salida.
El resultado es predecible: enojo, fractura y litigio. Mucho litigio.
No es casualidad que el proceso ya esté en ruta de judicialización. El anuncio de impugnaciones, encabezadas por Manolo García Paulín, confirma que la renovación terminó convertida en un expediente jurídico más que en un ejercicio político. El conflicto ya escaló de los discursos a los tribunales, con paradas anunciadas en el TEEM, la Sala Toluca y, si es necesario, la Sala Superior del TEPJF. El PRI, fiel a su tradición, vuelve a encontrar en los juzgados el único espacio donde se discuten sus procesos internos.
Pero mientras unos litigan, otros decidieron hablar. Y ahí es donde el guion se rompe un poco.
En medio del silencio cómodo de muchos, Lore Mendoza hizo lo que casi nadie se atreve: señalar públicamente que el proceso fue cerrado, inequitativo y contrario a los estatutos. Sin eufemismos, sin comunicados tibios y sin pedir permiso. Una voz joven, incómoda, que recordó algo elemental: el PRI no es patrimonio personal.
Lore Mendoza encabeza una corriente interna conocida como Los Chalacos Rojos, integrada por priistas que abandonaron el partido no por moda, sino por hartazgo. Hartazgo de ver cómo el poder se enquista, cómo las dirigencias se eternizan y cómo la militancia se convierte en un adorno incómodo.
El señalamiento tiene nombre y apellido: Guillermo Valencia Reyes. Un dirigente acusado de aferrarse al control del partido estatal con la misma destreza con la que en el ámbito nacional Alejandro Moreno Cárdenas —el célebre Alito— modificó estatutos para perpetuarse en la dirigencia. El espejo es incómodo, pero inevitable.
La ironía es cruel: un partido que presume institucionalidad termina pareciéndose cada vez más a aquello que dice combatir. Cambian los discursos, no las prácticas. Cambian los nombres, no las mañas.
Hoy el PRI en Michoacán no discute cómo volver a ser opción electoral, sino cómo justificar un proceso que nació cuestionado y terminará en tribunales. Y en ese escenario, las voces jóvenes como la de Lore Mendoza no solo incomodan: evidencian el problema.
Porque mientras el poder se defiende con estatutos reinterpretados y formatos bajo protesta, la militancia se defiende con algo más simple y más peligroso: la palabra.
Y eso, para un partido acostumbrado al silencio interno, puede ser el inicio de su verdadera crisis… o de su última oportunidad.




